7/7/17

LA CÓLERA, ERROR DIVINO (POEMA)


Como si en las alturas 
Alguien hubiera abierto 
Miles de cataratas, 
Llovió toda la noche 
Sin cesar; todo un río 
Vertical derramado 
Desde la inmensidad. 

 La mañana siguió 
Con el aquel diluvio 
De fuerza indescriptible, 
Hasta que pudo el sol, 
Al mediodía casi, 
Abrir un hueco en medio 
De las oscuras nubes 
Y derramar su luz 
Sobre la tierra henchida 
De lluvia y de esperanza. 

Cesado ya el despliegue 
De la naturaleza, 
Un anciano sonriente 
De cabellera extensa 
Y luenga barba cana, 
Sentado en una roca, 
Feliz y ensimismado, 

Contemplaba su obra, 
Frente a un espejo líquido 
Que el cielo reflejaba, 
 Cuando un ruido lejano 
Vino a romper la paz 
De aquel perfecto instante. 

Un joven, con su moto 
Cromada y refulgente, 
De potentes caballos 
Con sonido metálico, 
Cruzó a toda pastilla 
Sobre el charco infinito, 
Y una ola de barro 
 Cayó sobre el anciano: 

Salpicó su cabeza, 
El arrugado rostro, 
La descuidada barba, 
Su ropaje y los pies 
Delgados y desnudos, 
Como si fueran naúfragos 
Aferrados al cuero 
De sus sandalias viejas. 

Colérico. Alzó el brazo 
Y de la punta helada 
De sus huesudos dedos 
Brotó, fugaz, un rayo 
Que alcanzó al motorista 
Antes que lo engullera 
La distancia. Y un trozo 

De carbón aferrado 
A una amalgama 
De hierros retorcidos, 
Fue el único vestigio 
Que quedó, pendulando, 
Sobre la incierta línea 
Del horizonte: un caos, 

Que oscureció, de pronto 
La azul luminiscencia 
De aquel planeta mágico. 
Y cuando el viejo quiso 
Volver a hacer la luz 
Sobre ese mundo suyo, 
Ya no le fue posible. 

 Las sagradas palabras 
Ya no le funcionaban. 
Su voz había perdido 
El poder de crear. 
Y la eterna penumbra 
Se adueñó para siempre 
De aquel sueño lumínico 
Que él mismo condenó 
Con su cólera infame. 

 Solitario, incompleto, 
Preso de angustia y miedo 
Lloró de rabia y pena: 
La mitad de si mismo 
Yacía calcinada 
Entre los humeantes 
Vestigios de la máquina. 

Miguel Ángel G. Yanes

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