3/8/17

MARGULLANDO

Sentados en la terraza del bar de Tasito, la amiga Luchi y yo compartíamos el café matutino a la luz de un sol-luna, leve aún, por lo temprano de la hora y el terroso tamiz de la calima, cuando se avino a desvelarme su futuro inmediato.


- Estoy margullando en la posibilidad de volver a embarcarme,  
me dijo.

Aquella palabra "margullando" vino a despertar ecos lejanos de mi infancia. Resonó en mi cabeza, con su timbre metálico, la voz de Juan, mi abuelo paterno diciéndome:

- Ya sabes nadar. Ahora tienes que aprender a margullir.


Fue un tarde de verano, a mediados de los años 60, en la piscina pública de Candelaria, cuando aún se accedía a ella libremente sin necesidad del pago de una entrada. ¡Tiempos aquellos!

Habíamos llegado a la villa mariana tras un periplo insular (vuelta a la isla) que habíamos realizado a bordo de una guagüita (microbús, para los que no sean de aquí) que poseían Domingo y Menchu, hijo y nuera respectivamente de Natalia, a la sazón vecina y comadre de mi abuelo. 

No recuerdo con exactitud cuantas personas viajábamos a bordo de aquel micro, pero, aparte de sus propietarios y sus ¿dos? hijos, iban también Natalia (la matriarca familiar), Librada, África... todos miembros de la misma familia, y como invitados, Juan y Melania (mis abuelos) y yo.


Iniciamos el recorrido de buena mañana, comenzando por el norte de la isla: La Laguna, Tacoronte, El Sauzal, La Matanza, La Victoria, Santa Úrsula, Puerto de la Cruz... para, regresando por el sur, recalar en Candelaria y, después de visitar la basílica y subir al camerino de la Virgen (hoy no quiero hablarles de las joyas, pero ya lo haré) dirigirnos a la piscina mencionada para darnos un chapuzón.

Allí, agarrado a los hombros de Domingo, crucé por primera vez aquel vaso seminatural de Candelaria, pero a la vuelta, mi soporte, viendo que me defendía bien, optó por hundirse y dejarme solo. Ante mi propio asombró, chapoteando como pude, alcancé el muro más cercano por mis propios medios. Ya sabía nadar.

Fue entonces cuando mi abuelo Juan, ayudándome a salir del agua, dijo aquella palabra, totalmente nueva para mí: "margullir".

Piscina municipal de Candelaria en los años 60

Los que ya peinamos canas y los que ya no tengan nada que peinar, supongo que sabrán su significado. De lo que ya no estoy tan seguro es de si las nuevas generaciones lo conocen. Es por ello que me permito adjuntar lo que de ella dice la Academia Canaria de la Lengua, habida cuenta de que, como canarismo que es, en el diccionario de la R.A.E. no aparece:

Margullir o margullar.
1. v. Nadar debajo del agua. Se tiraron a la piscina a ver quién aguantaba más tiempo margullando.
2. v. Meter bajo tierra un sarmiento largo sin separarlo del tronco, dejando fuera el extremo, para que la parte enterrada eche raíces y forme una nueva planta, acodar.

Ya en julio de 2010, y en este mismo blog, escribí una entrada titulada "marguillir". Espero que sepan disculpar la redundancia.
  
Piscina municipal de Candelaria (2017)

Solo me resta agradecerle a Luchi que haya refrescado mi memoria, margullendo (buceando) en la opción de volverse a embarcar.

Miguel Ángel G. Yanes

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