A LOS QUE QUIERO Y QUISE (POEMAS) 037 A 194

Amigos:
No consigo crear, en este maldito blog, un vínculo que enlace
los títulos del índice con sus respectivos poemas,
por lo que, si los quieren leer, no tendrán más remedio
que bajar por la página en pos del número correspondiente.

ÍNDICE

001. A Adolfo Martín Coello (POR TUS BLANCOS Y AZULES)
002. A Agustín Millares Sall (LA MANO DE UN DIOS)
003. A Alberto Montesdeoca (INESPERADOS TRINOS)
004. A Ale, Ángel y Laura (LOS DRAGONES DEL ALBA)
005. A Alejandro De Menezes (DAMA DE CARNAVAL)
006. A Alejandro Luque (TAMARAGUA)
007. A Alguien (EL AMOR DE ALGUIEN)
008. A Américo González Brito ()
009. A Andrea Nélida Hernández (DE LA HIGUERA Y EL SOL)
010. A Ángel José Pozo García (LA LIBERTAD DEL VUELO)
011. A Ángel Morell (MATUTINA ESTRELLA)
012. A Anselmo Ortega Mtnez. (UN VUELO DE PALOMAS)
013. A Antonio Abdo y Pilar Rey (MINÚSCULO)
014. A Arturo Maccanti (CAMPANA ROTA)
015. A Aury y Cande (LA VOZ CONJUNTA)
016. A Baby Trujillo (PRIMAVERAL REGALO DE LOS DIOSES)
017. A Begoña Badillo Acea (LAS FRÁGILES ESFERAS)
018. A Bernardo Benítez Falcón (EN MITAD DEL INVIERNO)
019. A Blanca Fdez. Palacio (CHARCOS DE LUZ)
020. A Cándida Mtnez. Pecci (LA CABELLERA DE LA ESPUMA)
021. A Carl Gustav Jung (EL VAMPIRO DE LA LUNA LLENA)
022. A Carlos Epifanio Marrero (NÚBILES Y ENGAÑADAS)
023. A Carlos Lorenzo Pérez (VELIS NOLIS)
024. A Carlos Miguel Bethencourt (VOLVERÁS A PINTAR)
025. A Carlos y Mary (EN UN CHARCO VIOLETA)
026. A Carmelo Chaparro (Y SE FUERON LOS PÁJAROS CON ÉL)
027. A Carmen Teresa Delgado (EN LAS CRESTAS DE ANAGA)
028. A Casiano Expósito Riera (APRENDIZ DE ATEO Y DE POETA)
029. A Cat Stevens (MORNING HAS BROKEN)
030. A Cirilo Orán Sacramento (PIERROT)
031. A Cristina Estévez Artiles (UNA LLUVIA BLANQUÍSIMA)
032. A Cristina Jorge Romero (BAILANDO SOBRE TALCO)
033. A Eduardo Molowny (ESE PUNTO DE LUZ)
034. A Electra Ojeda (LA ÚLTIMA NEVADA)
035. A Elena Glez. Luis (EL DARDO)
036. A Eloy... (A HORCAJADAS DEL TIEMPO)
037. A Emeterio Gutiérrez Albelo (LA PRISA)
038. A Enrique Abelló Correa (DICIEMBRE NACE ALTIVO)
039. A Facundo Cabral (ESTA NARANJA AZUL)
040. A Facundo Fierro (VUELO INFERNAL DE LLAMA)
041. A Fátima Said (EL BRILLO DE LOS OJOS)
042. A Federico Jiménez (EL ABRAZO DE ANAGA)
043. A Felisa San Martín () 
044. A Félix Casanova de Ayala (VIENE)
045. A Félix Fco. Casanova (BAJO EL ECLIPSE DE LA LUNA LLENA)
046. A Fermín Higuera (TRIÁNGULO ISÓSCELES)
047. A Francisco Camacho Remedios (TERCIOPELO Y TROMPETA)
048. A Francisco Medina Brito (SOBREVOLANDO UN MAR...)
049. A Francisco Navarro Ortega (AQUEL PROCESO ILÓGICO)
050. A Francisco Viñas (TORMENTA NOCTURNA)
051. A Herminia de Lamo Bas (ANOCHECER)
052. A Hermógenes Afonso de la Cruz ()
053. A Ignacio Minelli (LA HIEDRA)
054. A Inmaculada Hdez. Ortega (GOLPE DE LUZ)
055. A Inmaculada Trujillo Corrales (REGALO DE OTRO INVIERNO)
056. A Ione Morera (ROZANDO EL PRIMER AÑO DE OTRA VIDA)
057. A Irene Arteaga Aguilera (EL ROSTRO)
058. A Isaac de Vega (ACRÓSTICO)
059. A Isabel Glez. Glez. (ATARDECER PRIMERO DEL ESTÍO)
060. A Isabel Medina (DESPERTAR)
061. A Isabel Rdguez. Cabezas (BLANCO OLEAJE...)
062. A Javier de La Rosa (LA VOZ DE LOS POETAS)
063. A Joan Puig Bolta (AMISTAD SIN MÁS CREDO)
064. A John Oregon (UN REGUERO DE LUZ)
065. A Jordi Barral Mañé (ESTE FRÁGIL PRESENTE)
066. A José Antonio Armas Herrera (UNA MANCHA EN EL SOL)
067. A José Antonio Escudero (CAUTIVOS)
068. A José Antonio Labordeta ()
069. A José Fco. Bethencourt (UN GERMEN DE ESPERANZA)
070. A José Luis León (EN LA MAGIA DEL ARPA)
071. A José Luis Pérez Glez. (LOS OBREROS DE LA PAZ)
072. A José Mª Trujillo (DONDE MORA EL AMIGO)
073. A José Manuel Díaz Álvarez (TORRENTES)
074. A José Manuel Gª Torres (ASOMARSE...)
075. A José Manuel Martín (LIBÉLULA NOCTURNA)
076. A José Manuel Pérez Morales (UN HALO IRIDISCENTE)
077. A José Manuel Vargas (ÍGNEO CORPÚSCULO)
078. A Juan Antonio Marchal Cabrera (JUGUETES)
079. A Juan Antonio Peraza (ESTA ROSA QUE LLEVO)
080. A Juan Carlos Franco (APRENDIENDO A FUMAR)
081. A Juan César Mtnez. (DE CUANDO ALGUIEN...)
082. A Juan Glez. Albertos (UN SUEÑO DE GAVIOTA)
083. A Juan José Delgado (ESCRITOS EN LA NIEBLA)
084. A Juan Manuel Gª Ramos (EN MEDIO DEL DESIERTO)
085. A Juan Rdguez. Álvarez (A TRAVÉS DE TI)
086. A Kory Glez. Luis (SACERDOTES DE LA IMAGINACIÓN)
087. A Laura, mi hija (NANA)
088. A Leonor Ravelo (ISLA BLANCA)
089. A Leopoldo Cabrera Gil ()
090. A Leopoldo Mª Panero ()
091. A Loli Afonso (LUMINOSO DESTELLO)
092. A Loli Armas Donate (EL ÁNGEL DE LA PAZ)
093. A Los Majuelos (ALMA ISLEÑA)
094. A los Servidores de la Luz (UN SIMPLE GESTO...)
095. A Luchi (UNA TARDE EN GUAMASA)
096. A Luis Morera (UN HORNO ALQUÍMICO)
097. A Mª Carmen Cedrés (EN EL CRISTAL DEL TIEMPO)
098. A Mª Carmen Fdez. Domínguez ()
099. A Mª Carmen Glez. Molowny (ROTA LA SOMBRA EN LUZ)
100. A Mª Carmen Marrrero (CONTRA EL MURO DEL MAR)
101. A Mª Carmen Sánchez (EL BAILE DE LOS DUENDES)
102. A Mª Cleofé Linares (COMO LA LAURISILVA)
103. A Mª del Pino Cubas (ENREDADA EN ESTRELLAS)
104. A Mª del Rosario Matos Abreu ()
105. A Mª Eugenia Alarcón Costa (DONDE VAN LAS ESTRELLAS...)
106. A Mª Isabel Sanfiel Cervós (LA INFANCIA ES LO QUE TIENE)
107. A Mª Jesús Lima (MUCHACHA DE OJOS CLAROS)
108. A Mª José García Suárez (VIGESIMOSÉPTIMA CADENCIA)
109. A Mª Luisa Mtnez. Solar (MAÑANA)
110. A Mª Nieves Aránzazu (SACERDOTISA NOCTURNA...)
111. A Mª Nieves Samblás (CUANDO EL AGUA Y LA PIEDRA...)
112. A Mª Paz Ballesta (LABORANDO)
113. A Mª Reyes Morales Febles (EL SENDERO DEL SOL)
114. A Mª Teresa Romo Pérez (VERTIGINOSAS GIRAN)
115. A Mª Victoria Jorge Romero (ANALOGÍA)
116. A Maca (DE TU LEJANO VUELO A LA ESPERANZA)
117. A Maki, mi esposa (SOY RESTO DE UN NAUFRAGIO)
118. A Manolo Correa (EL MURO INFRANQUEABLE)
119. A Manuel de los Reyes Peña Siverio (EL PAJARILLO HERIDO)
120. A Manuel Pérez Rdguez. (ÁRABES)
121. A Marcelo Abreu (INSOBORNABLE ANHELO)
122. A Margot... (SE DETUVO UN INSTANTE)
123. A Mari Mar y Paco ( LA LLEGADA DEL HIJO)
124. A Marián Guerrero de Escalante (DESDE EL MAR)
125. A Marina Hdez. Cabrera (DESCÁLZATE)
126. A Marinola (PRISIONERAS DE AZUL)
127. A Mario Rdguez. Martín (CRÁNEO, PALOMA Y DUEÑO)
128. A Marta Artiles Estévez (LIBRE EN LA LUZ)
129. A Marta Brito Hdez. (JUNTO AL VIEJO COLUMPIO)
130. A Mary... (SE ME HIZO DE PRONTO...)
131. A Mauro Pérez Sánchez (EN LA SENDA)
132. A Mauro Sánchez Henríquez (QUIÉN)
133. A Mercedes Pérez Rdguez. (AL ALBA...)
134. A mi abuelo paterno (HOY HAN VUELTO OTRA VEZ)
135. A mi bisabuela paterna (DESPUÉS DE TANTOS AÑOS)
136. A mi hermana Lala (COMPAÑERO DE JUEGOS)
137. A mi hermano Braulio (YACE UNA ROSA)
138. A mi hermano Palmiro (LA ARAUCARIA)
139. A mi madre (DESPEDIDA)
140. A mi padre (DEL POEMA PRIMERO DE LA INFANCIA)
141. A mi sobrina Cathaysa (ROTUNDO AMANACER)
142. A mi sobrina Pili (EL RESPIRO DE LA CIUDAD)
143. A mi sobrina Sara (SIGUE VIVA EN LA LUZ)
144. A Miguel Ángel Guerrero (A LA ORILLA DEL MAR)
145. A Miguel Hdez. Armas (SE HA QUEBRADO LA LUZ...)
146. A Montserrat Ortí (LA ISLA DEL CANGREJO)
147. A Natalia Patiño (CÓMO REVERBERABA EL CIELO AZUL)
148. A Nena (NOCTURNIDAD)
149. A Nicolás Gª Bethencourt (EL AROMA DE INVIERNOS...)
150. A Nino Bravo (AL BORDE MISMO DE LA LIBERTAD)
151. A Nuria Delgado (LAS LUCIÉRNAGAS)
152. A Olga Manzano y Manuel Picón (MACHU PICHU)
153. A Orlando Cova (EL CAUCE)
154. A Pablo Milanés (DOLOROSAS HERIDAS)
155. A Paco Morera (MIENTRAS QUEDE ALGÚN HIJO)
156. A Paco y Laly (NIDO DE ALGAS)
157. A Paquita Glez. Olivares (PORQUE SU VOZ ES VIENTO)
158. A Patricia Ferrerira Costa (LA SEGUNDA LLUVIA)
159. A Pedro García Cabrera (LA NIEBLA ES UN ESPEJO)
160. A Pepe Bastarrica (LA ESTRELLA DE LAS CUMBRES)
161. A Pepín (PESCADORES DE ESTRELLAS)
162. A Pilar Durán (LAS PALMERAS EN FLOR)
163. A Pilar Lojendio Crosa (SOLITARIA PALOMA DE LA TARDE)
164. A Pino Blanco Jardín (POR LA ESPUMA CELESTE)
165. A quien habita un sueño (SU CORAZÓN MINÚSCULO)
166. A Rafael Amor (CANTOR QUE AMA GUITARRAS)
167. A Rafael Arozarena (ROTO Y VENCIDO EL DÍA)
168. A Ramón González Brito (LA DIMINUTA FLOR)
169. A Raoni (HOMBRE CIVILIZADO=CODICIA SALVAJE)
170. A Roberto Toledo Palliser (AL DORSO)
171. A Rosa Hdez. Noguera (NUNCA TE IRÁS AUNQUE TU )
172. A Rosi Bethencourt (EL SUEÑO Y LA PALABRA)
173. A Rosi Hdez. Bethencourt (EN EL TEMBLOR DEL AIRE)
174. A Salvador Allende (SU DOLOR, SU MUERTE)
175. A Sara Pérez Díaz (AL PIE DEL TAJO)
176. A Sonia Celaya (POR LAS CUMBRES DE ANAGA)
177. A Silvio Rodríguez (EL UNICORNIO AZUL...)
178. A Tasito (DESHABITADOS BALCONES DE MADERA)
179. A Teresa Pérez Hdez. (DIÁFANA TRANSPARENCIA...)
180. A Teresa Lemus (LA ROSA DE TUS MANOS)
181. A ti, sencillamente (NI PRONUNCIAR TU NOMBRE...)
182. A Tono (SOBRE EL PINO Y LA CASA)
183. A Toñi Muñoz Mora (ME REMITO A LAS FORMAS...
184. A un desconocido (DESDE EL FRAILE)
185. A un hermano celeste (DESDE MI ESPERANZA)
186. A una niña llamada Silvia (FRÁGIL BESO DE FLORES)
187. A Vicente Araque (OTRO CANGREJO ERRÁTIL...)
188. A Yolanda (YOLANDA)
189. A Yumar (EN LA LUMINSCENCIA...)
190. Al abuelo Lorenzo Matos (LIBRE DE LA APARIENCIA)
191. Al eucalipto de La Granja (PRETÉRITO GUARDIÁN)
192. Al eucalipto de Machado (EL SILENCIOSO SER...)
193. Al flamboyant de la trasera (DESNUDO Y SOLO TIEMBLAS)
194. Al Taller Canario de Canción (LEVE, LEVE ES EL ROCE)


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037.
 LA PRISA
(A Emeterio Gutiérrez Albelo)


Mil besos, fugitivos de un sueño de nube entretejida
acarician los bordes ocres del malecón
con un tímido roce, rescoldo de su prisa.

Y el viento,
casi tacto en la luz, trepa hacia el seno púber
de la doncella y pugna, tembloroso y cansado,
por dejarle en los brazos su último suspiro.

Y las velas,
tersas, van dejando, desnuda y solitaria,
la paz de la bahía, para perseguir sueños
que al alba se deshacen y la memoria olvida.

Y pasan
ingrávidas las horas sin rumbo ni destino,
sin pararse siquiera para tomar aliento.
Mientras, consternada, la tarde va muriendo.

Miguel Ángel G. Yanes


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038.
DICIEMBRE NACE ALTIVO
(A Enrique Abelló Correa)


Como al borde la flor
que ve el abismo,
se estremece y espanta;
luego ríe.
Expande sobre el viento
sonora carcajada,
deshabita colores
y es invierno
la nieve amontonada
en sus espaldas.

Miguel Ángel G. Yanes


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039. 
 ESTA NARANJA AZUL
(A Facundo Cabral)


Aunque las aves de presa hayan logrado
picotearte con saña el pecho y darte
una muerte feroz, tan sólo muere
la carcasa que habitas: ese cuerpo
donde amaste y soñaste un simple instante,
un destello fugaz, apenas nada.

Pero ha bastado el brillo de tu estrella
erradicando las sombras a su paso,
liberando los sueños uno a uno,
dando a luz ese pulso que hará libre
algún día a los pueblos de la tierra,
si su conciencia, aturdida y febril,
al fin despierta y sienten; más allá
de sus razas, culturas, religiones:
que una sola humanidad palpita
sobre la frágil piel de esta naranja
delicada y azul.

Ten por seguro, amigo, ¡no lo dudes!
que aunque, físicamente, ya no habites
tu conocida forma, y estos ojos
humanos no te alcancen,
estarás siempre aquí, junto a nosotros:
Vivirás en la voz, en la esperanza,
en las profundidades del alma de los pobres,
en el hondo latido de sus pechos,
en las grietas de sus dolientes manos,
en su risa, en su lecho, en su tristeza,
en la sed de sus ardiente labios,
en su amor, en sus ansias,
y en el golpe rotundo de sus párpados.

¿Lo oyes?
Es el eco de tu voz marcando,
metrónomo celeste, el ritmo mágico
del corazón del indio que acompasa,
a su vez, el corazón de fuego
de esta naranja azul.

Miguel Ángel G. Yanes


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040.
VUELO INFERNAL DE LLAMA
(A Facundo Fierro)


Trozos de cielo ruedan incandescentes.
Ruedan, se arremolinan; altas se elevan
sus furiosas espumas. No hay orillas
de cristales o arena donde puedan
reposar en silencio. No hay orillas.

Es eterno ese mar que intentan, fuerzas
destructoras, secar soplando el fuego
que en el abismo ruge y sube al cielo
por sus sangrientas bocas.

A borbotones rojos su sangre reaparece
para iniciar un vuelo de destrucción y muerte,
pero el azul no cede a su furioso empuje,
y cuanto más se estira la interminable llama,
más se expande el océano de nuestro pecho;
crece, busca la infinitud, roza el gran sueño
del Innombrable.

Puede que ese fuego infernal que nos persigue
sea clave usual para el encuentro.

Miguel Ángel G. Yanes


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041.
EL BRILLO DE LOS OJOS
(A Fátima Said)


Aunque transcurran
                                       Siglos,
                                                            Edades,
                                                                                  Eones...
y habitemos
los cuerpos más extraños
del Universo,
tan sólo con mirarnos
nos reconoceremos.

Miguel Ángel G. Yanes


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042.
EL ABRAZO DE ANAGA
(A Federico Jiménez)


En abanico,
Como flechas dispuestas sobre la mar,
Tensos navíos de oscuro seno sienten
Que el abrazo de Anaga los ampara,
Los abriga con mimo, los protege
De todo mal marino en el refugio
Escarpado y seguro de sus brazos.

Los Roques,
Vigilantes atentos, escudriñan
La inmensidad salina que los mece,
Y en el arrullo blanco de la espuma,
Aferrados a un áncora, dormitan
Sus acerados cuerpos, cual gigantes
Exhaustos en un lecho de luminoso azul.

Diluída la luz,
Dos Hermanos, ya oscura roca, atisban,
El lento ritmo con que la noche crece.
En sus almas de piedra un sueño habita,
Pues ni la mano mágica de un dios
Pudo borrarles el luminoso anhelo
Al despeñar sus cuerpos al abismo.

Los oscuros navíos entre sus labios flotan.

Miguel Ángel G. Yanes


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043. 
XXXXX
(A Felisa San Martín)


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 044.
VIENE
(A Félix Casanova de Ayala)


Viene
de donde nace el viento;
trae consigo
heladas esferas de polen
y múltiples suspiros
dejados en el borde del tiempo
por pretéritas bocas.

Llega
con las manos traslúcidas
y los nubosos labios
hechos de sal y frialdad celeste,
hasta la piedra herida
que habitamos
como materno seno.

Deja
su silencio en la estrella
terrible que refulge
en mitad de las frentes.

Busca
plasmar antiguos sueños
en la absurda locura de esta época,
sin saber del olvido
al que está condenada
esta raza maldita.

Siente
la soledad amarga
de los hombres y tiembla,
por primera vez,
en esa eternidad de luz
que configura.

Miguel Ángel G. Yanes


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045.
BAJO EL ECLIPSE DE LA LUNA LLENA
(A Félix Fco. Casanova)


Agujereado
por millones de dardos
el silencio rinde
su secreto y la noche
palpita enfebrecida.

Rota la cordillera
por un beso de luna,
derrama,
por la cobriza luz,
la legión de demonios
que en su interior habita.

Y avanzan al unísono
desde la soledad
terrible de las rocas.
En prietas filas grises,
al comprimir la arena
con sus desnudos pies,
sobre el Llano de Ucanca
se les oye marchar.

Guayota los convoca
de nuevo a la batalla.
Clavados materialmente al suelo,
ocultos tras un muro
vegetal de retamas
los miramos pasar.

Ardía la luz terrible de sus ojos
y la sangre se helaba en nuestras venas.

Miguel Ángel G. Yanes


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046.
TRIÁNGULO ISÓSCELES
(A Fermín Higuera)



Sobre un vértice inmóvil
-faro de la distancia-
gira nuestra amistad,
desde la estrella al mar
donde la luna evoca
el sendero del sol.

Fulge la blanca estela,
tiñe de plata y sal
la última travesía
de un antiguo bajel
que, sin viento, navega
con las velas henchidas
sólo por las nocturnas
palabras que dejamos
convertidas en verso.

Tres puntos de luz
-triángulo isósceles-
sobre la noche encierran
el espacio vital
que compartimos.

Miguel Ángel G. Yanes


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 047.
TERCIOPELO Y TROMPETA
(A Francisco Camacho Remedios)


Una lágrima iluminada pende
de las ágiles patas del arácnido,
que colgado del techo por un hilo
de cristal transparente, nos ofrece,
de la vida, su perspectiva extraña
en esa soledad de buhardilla
que fugazmente teje.

Un negro mar de terciopelo tiende
a derramarse urgente hacia la orilla,
hacia el dorado malecón deshecho
por el continuo embate de las olas,
en esa absurda verticalidad
de horizonte marino donde flota
incomprensiblemente
una trompeta de latón antigua.

¿Qué criatura extraña soplará
su embocadura; acaso
un híbrido tritón de telarañas?

Miguel Ángel G. Yanes


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048.
SOBREVOLANDO UN MAR INTERMINABLE
(A Juan Fco. Medina Brito)


Trae, el viento, palomas en las manos,
Cansadas palomas que intentaron,
Desoyendo las leyes y la lógica,
Alcanzar la ilusión del horizonte:
Ese rayón añil de la distancia
Donde el cielo y la mar quizá se besen.
Pero en las extensas soledades acuáticas
No existen ramas, ni cables, ni farolas,
Ni ventanas, ni alfeizares, ni aleros,
En los que puedan tomar algún reposo;
Sólo la piel del agua en movimiento,
O la quietud rotunda de su calma.
Y se ha de ser gaviota, “estapagao”,
Pelícano, alcatraz, charrán, albatros...
Cualquier variedad de ave marina
De impermeable plumaje que permita
Amerizar sin riesgo en las salobres
Soledades azules; opción ésta
Que le ha sido vedada a las palomas.
No obstante, persiguiendo ese sueño,
Continuaron volando hacia el ocaso.
Pero el peso de la sal crujía
Sobre sus leves plumas, y un cansancio,
Terroríficamente insoportable,
Tomó forma en sus alas como un plomo
De fulgentes cristales, intentando,
Arrastrarlas al fondo de las aguas.
Así que él: ángel, demonio, viento...
Conmovido por su tenacidad,
Con un mimo infinito, las recoge
Y en sus palmas aéreas las transporta
Más allá del embate de las olas
Y las rocas furtivas de la orilla,
A los granos de arroz de la esperanza,
Que, en el pretil sin fin de la avenida,
Lento y borroso, un fiel anciano esparce.

Miguel Ángel G. Yanes


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049.
AQUEL PROCESO ILÓGICO
(A Francisco Navarro Ortega)

En un barreño de latón flotaban
múltiples islas minúsculas de hielo.
Sumergidos tesoros de colores
desde el fondo llamaban nuestra atención;
refrescos que quedaron en la memoria intactos:
Pepsi-Cola, Tim, Orange Crush.
Hundíamos las manos en un mar
redondo, claro, helado, y el tacto del cristal,
limpio, mojado, luminoso, hería
con emoción la piel y nos dejaba
de par en par los ojos y la boca.
Más tarde, la pericia de algún adulto
abría las estriadas chapas
y un río de burbujas recomponía
un cauce para apagar la sed
de aquel verano de todos los demonios,
y la fiesta seguía, persiguiendo
el frescor de la noche con el ritmo
cadencioso y dulzón de los boleros.
Todo gracias al hielo que, por cierto,
recuerdo que venía en grandes barras
que en casa se picaban con un punzón
o a golpes de martillo, según el uso
que se le fuera a dar; y hasta con un serrucho
lo vi cortar a veces, dejándolo dormir
después en la farulla, serrín o maravalla.
Un día me acerqué para escrutar la magia
de aquel proceso ilógico
qué era para mí la creación del hielo.
No podía entender que hacían con el agua
para volverla sólida y tan fría
bajo el tórrido fuego del verano.
La fábrica se hallaba donde se encuentra hoy
la oficina de una entidad bancaria.
Cómo cambian los tiempos. Y sin embargo
quién me iba a decir que aquella cola
de harapientos muchachos sin camisa,
con su saco de arpillera al hombro,
pugnando por llevar heladas barras
a cambio de unas pocas monedas
conque darle esquinazo raudo al hambre,
habría de transmutarse, a la postre,
en una cola de ancianos jubilados.
Ellos mismos, tal vez, en otra historia
quizá no demasiado diferente.
Desaparecida la gran nave industrial,
las inmensas cubetas de cemento,
el sonoro trajín, las heladeras;
sigo aún sin saber a ciencia cierta
-y tengo bastantes años a la espalda-
cuál era la técnica empleada
para que el hielo fuera
artificialmente producido
evaporando agua. ¡No sé cómo!
en una suerte de máquina neumática.
Miguel Ángel G. Yanes
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050.
TORMENTA NOCTURNA
(A Francisco Viñas)
Agita la tormenta
con frenesí la isla.
De las oscuras nubes,
transparente y helada
su cólera desciende:
una furia de agujas
endiabladas que clavan
su soledad en los seres
que en la tormenta habitan.
El viento, ronco, aúlla
por valles y cañadas.
A cortos intervalos
hiende la noche el tajo
profundo del relámpago:
la corta en dos mitades
su mortecino haz.
El trueno viene luego
a desgarrar la herida,
y un sagrado temor
la soledad invade.
Colérico también,
colérico y oscuro,
puesto en pie casi,
el mar, sobre la costa
se alza amenazante.
A todo esto, hincado
de rodillas, un hombre,
elevando sus manos
al cielo intenta un grito
que detenga la ira
que el mundo sobrecoge:
el éxtasis terrible
de la Naturaleza.
Pero muere en sus labios
el gesto cuando un arco
incoloro se tiende,
de horizonte a horizonte,
al asomar la luna
por un claro minúsculo.
Miguel Ángel G. Yanes
********************
051.
ANOCHECER
(A Herminia de Lamo Bas)
Ensombreció la tarde
la pincelada mágica
de un primigenio artista,
y oscureció su lienzo
un tímido letargo
donde viejas estrellas
-guardianas sempiternas-
arropan con cariño
el íntimo secreto
de todos los colores.
Miguel Ángel G. Yanes
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052. 
XXXXXXX
(A Hermógenes Afonso de la Cruz "Hupalupa")

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053.
LA HIEDRA
(A Ignacio Minelli)
Si cortarais la hiedra que asciende por mi casa
e intentarais tocar, por si fueran cristal,
paredes transparentes,
las manos se hundirían
sin remedio en la vacua ilusión que hoy envuelven
miles de corazones como sostén de un sueño.
No retiréis la hiedra.
Permitidme el amparo de sus hojas, la urdimbre
de sus reptantes tallos,
configurando estancias con vegetales quiebros.
Si arráncarais la verde somnolencia que envuelve
mi retiro, veríais,
deshaciéndose en versos
por la fuerza del viento, mi quebrada figura.
Miguel Ángel G. Yanes
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054.
GOLPE DE LUZ
(A Inmaculada Hdez. Ortega)
Un golpe de luz en el costado hiere
blandamente la carne, y de la sombra
rota en su brillo escapa
un lamento fugaz de alas efímeras
que en el umbral difuso
de nuestras almas cede,
pluma tras pluma de cristal a la aurora,
al ingrávido tacto
de silencios que envuelve,
entre rosa y naranja, la infinita
realidad de los sueños.
Miguel Ángel G. Yanes
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055.
REGALO DE OTRO INVIERNO
(A Inmaculada Trujillo Corrales)

Sin advertirlo apenas,
como resbala el agua
sobre el cristal desnudo,
sin un roce siquiera,
inaudible y secreto,
ha llegado el invierno
que completa otro ciclo
de tu vida y entrega
a tus manos de madre
y de esposa una estrella:
veintisiete capullos
de las rosas más bellas
que del jardín celeste
con un beso descuelga.
Miguel Ángel G. Yanes
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056.
 ROZANDO EL PRIMER AÑO DE OTRA VIDA
(A Ione Morera)
Doblando mil esquinas invertidas,
al eterno silencio acomodadas,
regresas de la sombra a la llamada
de unos labios besándose en la herida.
Detrás de las estrellas encendidas
por la mano futura de la Nada,
aguardabas la frase enamorada
que te abriera las puertas de la vida.
Roza apenas el año tus mejillas
y el oscuro cristal que son tus ojos
tiene aún el misterio en las orillas.
Otro hombre se forja en le planeta
a la luz del amor que ardiente brilla
contra el pecho materno que lo aprieta.
Miguel Ángel G. Yanes
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057.
EL ROSTRO
(A Irene Arteaga Aguilera)


Nadie supo averiguar jamás
De quién era aquel extraño rostro que,
Domicilio tras domicilio, me seguía,

Habitando conmigo en las paredes:
En sus rotundos desconchones,
En las húmedas manchas de los techos
Y en las nítidas figuras del granito.

Fuiste tú quien, de repente, azotada
Por un destello de luz húmeda y fría,
Tuvo plena conciencia de que el ser
Asomado al mosaico era yo mismo:

El maldito demonio que me habita;
El que, a diario, me sojuzga y obliga
A luchar en el mundo de los sueños;
El que no me permite descansar.

El que me acorrala y empuja hacia las simas
Más profundas del alma, dónde me ata,
Y me condena escribir… eternamente.

Miguel Ángel G. Yanes


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058.
ACRÓSTICO
(A Isaac de Vega)
Cristales rotos sueñan
Recomponer las formas
Idílicas de antaño
Sobre las superficies
Tímidas de los vientres,
Antes de que la escarcha
Los envuelva en sus blancos
Espondiles,
Serenamente opacos.
Rotos cristales tiemblan
Orlados de silencios
Transparentes.
Oscilan bajo el hielo
Sus miedos y deseos.

Miguel Ángel G. Yanes
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059.
ATARDECER PRIMERO DEL ESTÍO
(A Isabel Glez. Glez.)

Mirar el sol ponerse
tras las altas montañas
del destino,
mirarlo fijamente
cuando se queda blanco
hasta sentir vibrar
sus rayos en los ojos,
hasta quedarnos ciegos
para ver otra cosa
que no sea la luz,
su brillo incandescente,
la fúlgida mirada
del dios que nos vigila.
Mirar el sol en junio,
cuando las tardes suaves
navegan en secreto
hacia un puerto que queda
lejano a nuestras vidas,
es creer todavía
que existirá un mañana
detrás de las estrellas.
Miguel Ángel G. Yanes
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060.
DESPERTAR
(A Isabel Medina)
Despertarán las flores
cuando tu luz
resbale en el rocío
y el destello purpúreo
de tu existencia nueva
se filtre tras los ojos
rompiendo quietas brumas.
Cantará nuevamente
la siringe enjaulada
destrozando su cárcel
un canto libre.
Nacerá la esperanza
en pechos prisioneros,
ilusión esbozando mil quimeras
para desperezar
ideas somnolientas.
Miguel Ángel G. Yanes


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061.
BLANCO OLEAJE DE BOUGANVILLAS
(A Isabel Rdguez. Cabezas)
Blancas olas de buganvillas mecen
sobre desnudos muros su deliquio
de amorosas espinas,
y su espuma de flores acaricia
un silencio profundo que las grietas
dejan fluir de sus dormidas almas.
Una Danaus embelesada flota
sobre el mar ondulante que le ofrece
su amoroso secreto,
y en el blanco temblor desaparece,
diluidas sus formas en un beso
de enredadera, piedra y mariposa.
Miguel Ángel G. Yanes
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062.
LA VOZ DE LOS POETAS
(A Javier de La Rosa)
La voz de los poetas, presupongo,
tiene común origen con el viento,
con la noche secreta y con el sueño
donde mora la exégesis
de toda fantasía.
La voz de los poetas es aquélla
-palabra en el silencio contenida
desde el primer latido de la estrella-
que rasga la garganta
y se hace grito.
Reconozco mi voz; mi duda... es la palabra.
Miguel Ángel G. Yanes
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063.
AMISTAD SIN MÁS CREDO
(A Joan Puig Bolta)

Amistad enredada en hilos del recuerdo,
amistad de soldados sin uniforme alguno,
amistad de “nosotros”, los hombres, simplemente,
más allá de cualquier visión de una frontera,
más allá de la piel de tonos diferentes,
más allá de ese odio -falacia fratricida-
que los mismos de siempre derraman sobre el mundo.

Por encima de todo, amistad del silencio,
de la risa, del verso, de la escala cromática;
garganta de los cisnes soñados en secreto
cuando el lago era apenas un charco putrefacto
y dos tímidos patos intentaban,
esquivando las piedras de ociosos ángeles,
mantenerse con vida a toda costa.

Aquélla era la huida diaria hasta el remanso
-minúsculo reducto de nuestras realidades-
donde trozos de ayer, en mágico conjuro,
lograban el milagro
de agruparse y formarnos los órganos vitales:
los que quedaron lejos,
al borde de unos labios heridos por el beso.

Y allí nos sorprendía de nuevo la rutina,
estúpida y verdosa.
¿Y en qué nos convertía la sensación de ser
prisioneros y dueños de sus labores necias?
En dos viejos absurdos de jóvenes facciones,
contemplando impotentes
la muerte inexorable de los mejores años.

Tú, enredado en los cables nostálgicos del tiempo;
yo, oculto entre papeles resecos y amarillos.

Luego todo sería salirnos de un mal sueño,
cuando en aquella larga
carretera de altivos cipreses vigilantes
(“El Himno a la Alegría” que alguien la titulara)
miramos nuestras manos y optamos por callar,
apretando los pasos hacia la libertad.

Estación ferroviaria, vapor, pitidos, sueños;
carreteras del Norte de húmeda lejanía,
carreteras del Sur más resecas que nunca,
aeropuertos modernos transidos por el frío,
y en todos, aquel hombre que mira hacia el olvido.

Una sonrisa triste nos fue diciendo adiós
y una lágrima esquiva rodó sin darse cuenta
para envolver el viejo dolor de las ausencias.

Miguel Ángel G. Yanes


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064.
UN REGUERO DE LUZ
(A John Oregon)
Desde la línea añil de nuestro mar,
cuyo beso de espuma estalla y queda
prendido en las aristas lávicas de las Islas,
al murmullo distante de tus pasos
sobre la piel de América, se extiende
un reguero de luz que recompone
los antiguos senderos perseguidos.

Miguel Ángel G. Yanes


*******************

065.
ESTE FRÁGIL PRESENTE
(A Jordi Barral Mañé)

Una gruta de luz
se abre en la carne blanda de las nubes,
una oquedad prístina
creando un horizonte de mar
y eternidad celeste
donde la estrella, estremecida, nace
bajo el fulgor rojizo
de la sangre primera.

Nieve rosada cubre
los desnudos cayados.
La curva de la playa,
rosa y helada, toca
los salitrosos labios
para calmar su sed.

Grita -voz de sirena-
la fábrica y escupe
oscuros chorros de humo a las alturas
por metálicas bocas.
Hierros torcidos, restos,
entre herrumbre y hollín,
de fabriles infancias ya lejanas,
contemplan extasiados
al monstruo sagrado que desgarra,
con afilados dientes,
la piel recién nacida
de este presente frágil.

Miguel Ángel G. Yanes


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066. 
UNA MANCHA EN EL SOL
(A José Antonio Armas Herrera)


La mácula se advierte
sólo cuando declina
la luz y reaparece,
entre rojo y naranja,
su esférico contorno,
hasta ese instante inmerso
en el brillo insistente
de la divinidad.
En principio parece
un ave solitaria
que viniera del sol,
cuando sobre nosotros
la tarde vierte,
con lenta parsimonia,
su luminosidad.
Y sin embargo el pájaro
permanece adherido
a la inflamada piel
hasta que siente el tacto
renovador del mar.
Y entonces… la mancha,
triangular, desprendida
de la esfera celeste,
convertida en velero,
queda en el horizonte
navegando al socaire
de manos temblorosas
hechas de nube y sal.
Miguel Ángel G. Yanes
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067. 
CAUTIVOS
(A José Antonio Escudero)


Ver los árboles presos en jaulas circulares.
Oír el desgarrado canto del ruiseñor,
trino sin alegría, cautivo entre barrotes
y arabescos dorados de excelsa filigrana.
Sentir la luz del sol abrir la herida seca
de nuestra frente y dar un largo grito
que estremezca las sombras de la celda.

Oscuras "libertades" nos apagan,
nos roen la esperanza, nos alienan.
Somos presos absurdos sin saberlo,
y alimentando vanidades estúpidas
y otras insensateces, deambulamos
en una blanda y tibia negligencia,
de pared a pared, arrastrando los pies,
removiendo y aspirando con fruición
esa nube de polvo que seremos.

Cautivos. Nos puede esa esclavitud
de poner horizontes táctiles al alma
y creernos "felices" por tocarlos
con un mínimo esfuerzo. Esclavos
de esta comodidad que no nos turba
en absoluto, ni tan siquiera al ver
por líquidas ventanas o catódicos tubos,
derramarse a raudales la tristeza y el hambre.

Nos cruje a veces la voluntad y alzamos,
sin suficiente convicción un puño
donde una estrella de soledad palpita.
Pero el umbral, difuso, se desvanece;
cede ante la inconsistencia del deseo.
Huye el guardián y cierra tras de sí.

Miguel Ángel G. Yanes


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 068.
XXXXXXX
(A José Antonio Labordeta)


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 069.
 UN GERMEN DE ESPERANZA
(A José Fco. Bethencourt)


El sendero se oculta entre los sauces 
apenas nuestros ojos
piedrecillas atisban
a la orilla del río;
huye de nuestros pies,
de nuestra piel mojada por la angustia.

Zigzagueante pierde
un pedazo de sueño, y la ribera
vuelve a ser esa línea
indeformable y dura,
sin acceso posible, y nos arrastra,
tumultuosa, helada, la corriente,
hacia el denso fragor de la cascada.

Pero aún cuando el cuerpo
se precipite y caiga;
en el último instante
puede haber una mano
celeste que descienda
si un germen de esperanza
en nuestro pecho alienta.

Miguel Ángel G. Yanes 


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070.
EN LA MAGIA DEL ARPA
(A José Luis León)


Casi liquida baja,
Filtrada por sombrillas
Verdes de flamboyanes,
La matutina luz
Que se detiene y queda,
Temblando de emoción,
Enredada en arpegios
Cristalinos que flotan
En la magia del arpa.

Miguel Ángel G. Yanes


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071.
LOS OBREROS DE LA PAZ 
(A José Luis Pérez Glez.)


La Obra está incompleta,
por eso, hoy, los obreros 
regresan a la Tierra. 
Tan sólo en la mirada 
podrás reconocerlos.

Miguel Ángel G. Yanes


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072.
DONDE MORA EL AMIGO
(A José Mª Trujillo Corrales)

A tu puerta me acerco, a tus sentidos.

Al amparo ambarino de tu techo
la amistad se cobija y se entretiene
serpenteando en la luz que refulgente
desde todo rincón amor dimana. 

A tu paz he venido, a tu sosiego,
a la vieja canción de nuestra espera,
al plácido susurro y a la queja,
que también es un beso a lo distante.

Donde mora el amigo más lejano
el presente es eterno en cada piedra.

Miguel Ángel G. Yanes


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073.
 TORRENTES
(A José Manuel Díaz Álvarez)


Alegremente fluyen
las aguas presurosas.
Abandonan el vientre
seguro de la piedra
y precipitan, locas,
su libertad hacia valles
somnolientos aún
en la niebla diurna;
tierno abrazo de mar
que sin saberlo advierte
a los nuevos torrentes
su destino: la sal,
el retorno al origen
al que todo regresa
sin poderlo evitar.

Miguel Ángel G. Yanes

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074.
ASOMARSE...
(A José Manuel Gª Torres)


...al pozo circular de los deseos
donde reposa el agua
y el silencio
hace fintas insólitas
entre la sombra herida
por el rayo de luz de nuestros ojos;
al pozo circular, como la vida,
que se marcha y regresa en este punto
donde el agua refleja viejos sueños
que a su brocal asoman y no asoman;
al pozo circular que dilucida,
en su oscuro cristal húmedo y frío,
si llorar por la flor que se marchita
en su pecho desnudo
o rebelarse
y romper su quietud
con la sonrisa
de haber dado un jardín a la esperanza.

Miguel Ángel G. Yanes


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075
LIBÉLULA NOCTURNA
(A José Manuel Martín)


No te voy a hacer daño
libélula nocturna.
Procura no asustarte
si aprieto con mis dedos
tus alas transparentes;
la luz de la cocina
no es buena para ustedes,
y el agua del antiguo
tazón de porcelana
tampoco es bebestible.

Lástima:
ahora me doy cuenta
de lo poco habitable
que se ha vuelto mi casa
para seres nocturnos
de alas transparentes.

Llego a la puerta y soplo
su forma delicada;
corro el cristal después,
pero ella vuelve y choca,
infinitud de veces,
contra el muro invisible.
Persevera en su empeño
de posarse y arder
en el blanco destello
del tubo fluorescente.

Miguel Ángel G. Yanes


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076.
UN HALO IRIDISCENTE
(A José Manuel Pérez Morales)


Adorna el sol
un anillo multicolor
que entre las nubes flota:
mágico iris destellante
sobre el hueco estelar de la pupila.

Órgano sagrado
de un dios que desvanece
su cuerpo por el cosmos
y escruta, con primordial mirada,
su inacabada creación.

El halo iridiscente
hace que el hombre caiga,
de repente, en la cuenta
de que un ojo impensable,
desde la oscura eternidad lo observa.

Miguel Ángel G. Yanes


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077
ÍGNEO CORPÚSCULO
(A José Manuel Vargas)


Una cascada de nubes sobre Anaga
oculta los antiguos senderos
a los ávidos pies del buscador que intenta
atrapar ese rayo luminoso,
ese beso singular de los cielos
a la atractiva cumbre.

Pero la montaña se hunde a cada paso
en un sueño nostálgico y le arrastra
consigo a remotos orígenes,
a su profundo pecho, donde brilla
un corpúsculo ígneo que le indica
que el camino a la Luz nace en la oscura
soledad de sí mismo, en el centro
del frágil corazón que lo sustenta.

Miguel Ángel G. Yanes
  
******************** 

078
JUGUETES
(A Juan Antonio Marchal Cabrera)


Descender las laderas
pendientes del barranco
para buscar juguetes
antiguos era toda
una experiencia mágica.

El barranco era entonces
la infantil percepción
del paraíso:
vegetal, limpio, puro,
aromático; llena
su extrema soledad
del monótono canto
del cigarrón, que alzaba
a nuestro alrededor
rotunda algarabía
que, ni aún así lograba,
despertar de su siesta
a los lagartos.

Nunca supimos quién,
quiénes, ni por qué,
derramando los sueños
de algún niño,
dejaron aquella
magnificencia lúdica
al alcance fugaz
de nuestras manos.

Juguetes de metal:
caleidoscopios, coches,
animales, soldados…
y una multitud
de doradas anillas
que, cuando nos tocaba
recogerlas, hería
nuestro afán infantil
haciéndonos gritar
de pura rabia.

Miguel Ángel G. Yanes


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079
ESTA ROSA QUE LLEVO
(A Juan Antonio Peraza)


Blanca,
nívea como el fulgor
que tira de los sueños
al final de este túnel.

Blanca,
pura como el Amor
que estalla y cubre
la soledad
de cuerpos celestiales.

Blanca.
Esta rosa que llevo no la quiero
moribunda en las manos ni en el pecho.

Tengo en la piel un verso,
un pétalo, una espina,
una gota de luz que no resbala

porque el viento le ofrece su cintura.

Flota oscilante y leve,
efímera y eterna en un suspiro.

No puedo retenerla y sin embargo
me resisto a dejarla sobre el viento,
solitaria y lejana a tantos labios
de los seres humanos que más quiero.

Miguel Ángel G. Yanes


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080.
APRENDIENDO A FUMAR
(A Juan Carlos Franco)
 

El primer cigarro que me fumé
a los trece o catorce, no lo recuerdo bien,
era un tabaco puro. Dos caladas si acaso,
porque de pronto el mundo comenzó a darme vueltas,
¿O el mundo se paró y fue mi cabeza 
que se lanzó a dar vueltas? ¡Qué mareo!
¡Qué arcadas! ¡Qué absurda vomitera!
Aunque no ponga empeño, lo recuerdo muy bien.

Hacerme con el puro fue una tarea fácil.
Ser nieto de purera me daba una ventaja
que en la pandilla nadie podía superar;
así que, con sigilo, lo hurté de un mazo y fuimos,
en procesión profana, excitados, nerviosos
al barranco cercano a aprender a fumar.

Toses y carrasperas, lagrimeo incesante,
alguna risa, un pedo, fue todo lo que el humo
acre, denso  y amargo del tabaco dejó
en nuestros paladares y en nuestro corazón.
Pero no comprendimos que se impregnó también
en la ropa, en el pelo y hasta en la propia piel.

¡Qué palizas, Dios mío! por querer ser
antes de tiempo adultos. Y ahora me pregunto:
¿Y total para qué? Para contar después
esta historia al revés. Dejando de fumar
y queriendo ser jóvenes, cuando la vida aprieta
sus tuercas y hace ver que todo ha sido un sueño,
un insensato sueño: ser embrión, feto, niño,
adolescente, adulto, anciano, muerto…
y ha sido un solo instante para la eternidad,
un capricho, una broma de quien nos sueña y teme.
¡Nada más!

Miguel Ángel G. Yanes


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081
DE CUANDO ALGUIEN 
DESGARRÓ UN CONTRAPUNTO
 (A Juan César Mtnez.)


¡Hermano!
acércame la música,
que en sombras ha quedado mi casa y no iluminan
las lámparas, cargadas de gases, los rincones
donde antaño lucían
las notas que, surcando los siglos se acercaban,
henchidas por el brillo de antiguos corazones,
como secreto aliento de la vida.
Miguel Ángel G. Yanes


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082
UN SUEÑO DE GAVIOTA
(A Juan Glez. Albertos)



A tu paso cansino se incorpora
ese viento del sur cargado de gaviotas,
vagabundo inasible de puertos y tabernas,
de calles vericuetas, de mundos somnolientos,
qué atento a los resquicios sopla con blanda fuerza
el polvo sempiterno que recubre los años
y agita telarañas que en la memoria penden.

Hoy entró tras de ti como un fantasma,
y se sentó a tu lado,
y se mezcló en tu vino,
y te cerró los ojos,
y se llevo tu alma su brisa marinera.

Ya no eres Juan, ni papá, ni abuelo,
eres sólo ese sueño de libertad,
un soplo, un fugaz aleteo de gaviota
agitando la luz en las cenizas
conque la tarde intenta engalanar
la larga cabellera del invierno.

Ahora eres esencia, formas parte del éter,
te diluyes en él y así regresas
a ese vacuo silencio del origen.
Y todo queda atrás:
placer, dolor, familia, amigos, deudas,
alegrías, tristezas, emociones, tacto...
pero ya nada importa, eres sueño,
eres soplo que llega más allá
de cualquier ilusión del horizonte.

Miguel Ángel G. Yanes


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083
ESCRITOS EN LA NIEBLA
(A Juan José Delgado)


 Escribir con los labios
poemas en la niebla
deja un impreciso
sabor que no consigo
descifrar; un regusto
que no es de sal, ni almíbar,
ni es el aroma intenso
de los brezos.

Una indefinible
sensación que transmite
a la piel de los labios
la nocturna humedad
de los espejos.

Tiemblo al pensar que acaso
sea la propia niebla
quien me escribe y siento
el beso frío
de una boca invisible
en la mejilla.

Miguel Ángel G. Yanes


*******************

084
EN MEDIO DEL DESIERTO
(A Juan Manuel Gª Ramos)


Pobladas de xerófilas
las latitudes diáfanas
de la arena levantan
una alambrada verde
que se adhiere con rabia
a las hirientes púas
de verdadero alambre
donde palpita el alma,
recubierta de plumas,
de un pájaro distante.

Miguel Ángel G. Yanes
*******************
085.
A TRAVÉS DE TI
(A Juan Rdguez. Álvarez)



 Tienen tus versos
el secreto dolor de la madera,
blanda carne que se rinde al encuentro
metálico de gubias,
serruchos y formones,
verdugos amorosos que dan forman
nuevamente a la obra de Sus Manos.

Tienen tus versos sed,
hambre de luz y espacios siderales,
alma de bosque, miel,
y un agradable aroma
de viruta y serrín  
empapado de pronto por la sangre
que resbala en el sueño de tus manos.

Miguel Ángel G. Yanes


********************

086
SACERDOTES DE LA IMAGINACIÓN
(A Kory Glez. Luis)



El sacerdote
abre el sagrado templo.
Brilla la oscuridad
despidiendo a las sombras
que vendían su negritud
a las formas dormidas
de la muerte.

Trae la vida.

La sacerdotisa,
en el vértice opuesto
de la Tierra,
descorre el velo,
la magia del misterio
y se enredan,
dorados, sus cabellos
en el iris divino
de la puerta.

Trae la vida.

Los sacerdotes,
cogidos de la mano,
penetran en el templo
y se disuelven.

Son la vida.

Miguel Ángel G. Yanes


*******************

087
NANA
(A Laura, mi hija)


Si mi niña se duerme yo le regalo
una luna rosada hecha de trapo
que guardo para ella desde hace años. 

Y colgaré del cielo blanco del cuarto  
una corte de estrellas y una gaviota  
con las alas abiertas, sobrevolando  
la cuna en un silencio dulce y sin llanto.

Y cuando el beso duerma sobre su frente  
le soplará en los ojos polvo de estrellas  
un ángel trasnparente para que sueñe.

Miguel Ángel G. Yanes

 
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088
ISLA BLANCA
(A Leonor Ravelo)


Cuando el celeste mar
desciende a dar un beso
a su hermano salino
nace Isla Blanca: quieta
transparente casi
en el roce del labio.

Leve y fugaz alienta,
sutil su orografía,
bajo el párpado inmenso
de la tarde que riza
con sus largas pestañas
el temblor de la orilla.

Miguel Ángel G. Yanes


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089.
XXXXXXX
(A Leopoldo Cabrera Gil "Paco")
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090
XXXXXXX
(A Leopoldo Mª Panero)
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091.
LUMINOSO DESTELLO
(A Loli Afonso)




Dulce palpitas aún en la distancia
Que hoy evoca esta luz tibia de olvidos
Con que el recuerdo envuelve a los amigos.

A pesar de los años transcurridos,
De ese frío de ausencias que devora,
A dentelladas, el alma de las cosas,
A pesar de que ya nuestros pies
No transiten los antiguos senderos,
En un cruce del tiempo hoy tropezamos.

Y el mágico destello de tus ojos,
Al desgarrar la humedad de la bruma,
Con su luz zodiacal me ha iluminado.

Miguel Ángel G. Yanes


*******************
092.
EL ÁNGEL DE LA PAZ
(A Loli Armas Donate)



Desde el centro del Cosmos
brota el aliento
de la boca divina;
rayo de luz que hiende
las tinieblas y alcanza
esta esfera de giros
elípticos y azules.

En el vértice pétreo
-punto de confluencia
de los mundos internos-
incide y queda,
en frágil equilibrio,
un ángel transparente:
luminiscente ser,
destello de la Aurora.

Celestial mensajero
de verdades eternas,
con las alas abiertas
nos contempla, y espera
qué, girando los rostros,
escuchemos la nueva
del Señor de los Cielos.

Que la paz que en los hombres
Él sembró con esmero
florezca y fructifique,
porque éste es el tiempo
señalado y preciso
para que el hombre nuevo
rasgue la antigua piel
y de las piedras viejas
que su Cuerpo ocultaban
brote su mano abierta,
límpida y cristalina,
para tocar las alas
de su hermano celeste.

Alcemos la mirada,
giremos la cabeza,
que a nuestra espalda queda
la voz que nos reclama.

Miguel Ángel G. Yanes


******************* 

093.
ALMA ISLEÑA
(A Los Majuelos)

Ágiles dedos pulsan,
amorosos,
las delicadas cuerdas
de las guitarras.
Vibran, estremecidos,
sus femeninos cuerpos,
mientras la voz
profunda de las chácaras
acuna en un rincón
a un guitarrillo
recién amanecido.

Cruza la luz,
despacio,
como temiendo un ruido
de su intangible forma
sobre el vuelo
circular de las faldas,
y un ancestral lamento,
desde el alma candente
de nuestras Islas brota,
por rotundas gargantas,
al encuentro
de la mar y los campos
de nuestros propios pechos.
Miguel Ángel G. Yanes


******************* 


094.

UN SIMPLE GESTO...
(A los Servidores de la Luz)



No tengo más remedio
que romper esta lanza
de aguzados silencios
que me atraviesa, y pugno
por desclavar mi voz
en la sangre de un grito
desgarrador que inunde
la sal de nuestra piel,
humedeciendo un páramo
de tristeza y espanto.

Tal vez un simple gesto
de desesperación;
pero preciso darlo
en memoria de aquellos
que habitaron el alma
fúlgida de la Estrella,
y trajeron un sueño
fraternal, empujados
por un hálito intenso,
en el beso candente
del Gran Viento Solar.
A pesar de que el golpe
certero de las Sombras
haya roto en pedazos
su vestimenta frágil,
desnudos de color
y materiales formas,
tornan luminiscentes
a nuestro lado, vibran,
más allá del hábil
engaño de los ojos,
por la Paz y el Amor
que, terribles fronteras
de intransigencia, borran.

Pero está mi certeza:

Cuanto más densa sea
la Oscuridad, más pura
brillará victoriosa
la Luz. Sólo nos resta
orar y laborar,
seguir alerta,
compartir y ayudar
para que el Hombre
armonice algún día
con los mágicos ritmos
de este ser azul
que amoroso en su seno
de madre lo sustenta.

Miguel Ángel G. Yanes


******************* 


095.
UNA TARDE EN GUAMASA
(A Luchi) 

 
Guamasa siempre fue
Un remanso de paz
Para el espíritu:

Se sentía
En su sabor de pueblo,
En su pausa,
En sus muros de piedra,
En su verde temblor
De enredaderas,
En sus recias
Y espinosas acacias.

Transportaba
Nuestros jóvenes ojos
A otro tiempo
Sin referencia exacta
De sí mismo.

Llenándonos el alma,
Bajo el aroma
Embriagador del mosto,
Con la lucha
Bíblica del sarmiento
Y con la destreza
Mágica de los pámpanos.

Y mientras el viento
De la tarde,
Buscándose a sí mismo
Rebullía
En los rubios cristales
De tus rizos,

Sobre aquel oleaje
De viñas
Estallaba la luz
En diminutas,
Minúsculas,
Doradas explosiones,

Creando mil castillos
De fuegos de artificio.

Miguel Ángel G. Yanes 


***************** 

096.
UN HORNO ALQUÍMICO
(A Luis Morera)

“…Donde se desprende el alma  
para andar por las estrellas”


Sólo quién ha podido
Desprenderse y volar,
Puede dar fe
De esa experiencia mágica.

Sólo quién tuvo
Suerte de abandonar
El cuerpo y descender,
Rápido y fugaz,
Las empinadas
Rampas del Reventón,
A escaso medio metro
A ras del suelo,
A las profundidades
De Las Angustias sabe
Cual es la exacta
Medida de tu canto.

Sólo quién ascendió
Por la ladera opuesta,
A una velocidad
inaudita, impelido
Por una fuerza cósmica,

Aún mantiene
La conciencia y el vértigo
De haber sido
Lanzado al infinito
Desde el pétreo
Pináculo de Idafe.

Sólo quién se atrevió,
Desnudo ya
De materiales formas,
Sin preconcebidas
Ideas sobre dioses,
Absurdas religiones,
Humanidades,
Linajes, razas, castas…
Fue capaz de partir.

Sólo quién se sintió
Un corpúsculo pudo
Iniciar ese viaje
Hacia el lejano espacio,
Ese ansiado retorno
A las remotas,
Profundas, oscuras
Entrañas de la Madre,
Y ser consciente así
De una muerte ritual.

Supongo que el retorno,
Del que nunca queda
Atisbo de conciencia,
Un nacimiento implica.
Un nuevo ser, dotando
De luz y de energía
Las antiguas bujías
Que alimentan
Los rincones del alma.

Por algo se regresa
Desde tan largo viaje.

Vengo a darte la razón:
¡Un templo!
La Caldera es
“Catedral del sol”
Un cristalino templo,
Un atanor,
Un horno alquímico
Ardiendo siempre
En el centro simétrico
De este corazón
Que tiene exactamente
La forma de la isla.

Miguel Ángel G. Yanes


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097
EN EL CRISTAL DEL TIEMPO
(A Mª Carmen Cedrés Hdez.)



Son estrellas de agua en el cristal
las lágrimas del cielo.

Resbala la tormenta.
La tarde se oscurece
y unas manos
dibujan sobre el vaho
de la ventana bruna,
figuras errabundas
que en el estero pierden
la niebla de silencios
que el trueno difumina.

El albo resplandor del rayo vierte
su cascada de luz por las esquinas. 

Miguel Ángel G. Yanes


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 098. 
XXXXXX
(A Mª Carmen Fdez. Domínguez)


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099.
ROTA LA SOMBRA EN LUZ
(A Mª Carmen Glez. Molowny)


El destello en tus ojos de una llama
fraternal y amorosa ha conducido
nuestros pasos al cáliz de una rosa,
que dormía en el ángulo más frío
de los templos de Dios, y en un suspiro,
rota la sombra en luz, desvanecida
la quietud del silencio por tus labios,
somos parte de un eco que palpita,
un sólo corazón que inquieto alienta:
frágiles pétalos, tímidas hebras,
pero somos, unidos, la nueva urdimbre,
la voz, la mano, la solidaria lágrima,
el sueño inalienable de aquella eternidad.

Miguel Ángel G. Yanes


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100.
CONTRA EL MURO DEL MAR
 (A Mª Carmen Marrrero)
 

Contra el muro del mar
la libertad se estrella
de los que son, sin alas
ni velas en el pecho,
prisioneros
de la desnuda piedra.
Seres de terracota,
de mármol blanquecino,
de granito insepulto
o de alabastro;
densidades malditas
para el mar,
y para el éter, vértigo
que impide sus alturas.

Mientras miran de lejos
las orillas y quedan
inmóviles de espanto,
otros seres,
ligeros y sutiles,
anidan en los sueños
más puros y secretos.
 
Y sin miedo a la orilla
que arrastra la resaca,
precipitan sus vidas
desde el acantilado,
y en perfecta caída
barrenan el azul
por dar un beso
al Ser que en lo más hondo
recibe sólo a aquellos
que arriesgan por amor.

Miguel Ángel G. Yanes
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101.
EL BAILE DE LOS DUENDES
(A Mª Carmen Sánchez)


Entre las hojas tiernas, brillantes de rocío,
graciosas criaturas danzaban al conjuro
del latido primero que el pecho alborozaba
tras el suave suspiro de otra primavera.

Eran duendes y hadas festejando risueños
la llegada de aquélla que desde lo profundo
del bosque en que dormía, diluida la blanca
quietud de los inviernos, elevaba su rostro,
y la ancha sonrisa de sus labios caía
como lluvia de flores, incesante y precisa.

Una musiquilla de arpas y violines,
trenzándose a los tonos rosados de la aurora,
fue despuntando el nuevo milagro de la vida,
y la gente menuda, corriendo alborozada,
fue a ocultarse de nuevo en las colinas huecas,
lejos de la profana mirada del humano.

Miguel Ángel G. Yanes


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102
COMO LA LAURISILVA
(A Mª Cleofé Linares)


Como la laurisilva,
tus cabellos
-inquebrantable fronda-
invaden las montañas
y enredan el silencio
que entre tus labios tiembla;

atrapan el olvido
de una lágrima
perdida por los dioses
y hallada por el viento
en una esquina
del frágil universo
que has creado.

Como la laurisilva,
tus manos
van trenzando
las hebras de la vida,
y queda oculta,
en un sueño de verdes
transparencias,
la dolorida piel,
terrosa y seca.

Húmeda mariposa,
tu mirada
aletea y se vuelve,
acto seguido,
rubor de campanillas,
y una perla,
dormida en sus estambres,
va rodando,
transparente y serena
por tu falda.

Como la laurisilva,
enigmáticos besos
de tu boca
han posado colores
en las alas
de los pájaros vueltos
de la sombra.
  
Miguel Ángel G. Yanes


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103.
ENREDADA EN ESTRELLAS
(A Mª del Pino Cubas)


De las gemas oscuras de tus ojos
un destello lunar tiembla y escapa
hacia la levedad secreta de los astros.

El caudal azabache de tus cabellos flota
en delicadas hebras bajo un cósmico viento
que, inquieto, las enreda
en las brillantes puntas de la primera estrella.

Y así, tu cuerpo queda, ingrávido y celeste,
en la dulce armonía del mar de las esferas.

Miguel Ángel G. Yanes


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104. 
MATER SECUNDA
(A Mª del Rosario Matos Abreu)
 

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105.
DONDE VAN LAS ESTRELLAS...
(A Mª Eugenia Alarcón Costa)



Una playa en el cielo se dibuja y la tarde
se arrastra por la arena dorada de las nubes
hasta el borde del mar que se oscurece,
difuminando formas dormidas en su seno.

Desnudas precipitan su cuerpo las estrellas,
y en las aguas nocturnas, mi mano transformada
en un alga oscilante, tímida y desinquieta,
se sonroja al tocar, mitad miedo y deseo,
las vértebras de luz que surcan sus espaldas,
sus pechos parpadeantes, sus cinturas azules;

y la sangre marina de mis venas, escapa,
se derrama alterando el fulgor de su brillo,
diluyendo sus besos en mi sueño ancestral
donde el mar sin orillas del espacio era el reino
donde sólo el silencio es capaz de reinar.

Miguel Ángel G. Yanes


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106.
LA INFANCIA ES LO QUE TIENE
(A Mª Isabel Sanfiel Cervós)



Cómo añoro las noches de la infancia,
cuando el verano aún se disfrutaba
en mitad de la calle y correteábamos
“libres como niños” compartiendo
una multitud de juegos imposibles,
mientras que los mayores, relajados,
sin el intruso aún en sus hogares,
sacaban sus banquitos, sus sillas y charlaban
de lo que hubiera acontecido en la jornada:
el trabajo, la casa, los amigos, los hijos…
Hoy nadie sabe qué le pasó al vecino.

Mientras ellos hablaban de problemas:
las deudas, las enfermedades, lo fugaz de la vida,
la noche transcurría para nosotros lenta,
lúdica, dulce, tierna, sobre todo
si tu primer amor, ese amor de la infancia,
ese secreto a voces que nadie conocía,
te miraba de repente a los ojos
y detenía el tiempo para ti,
con la mágica luz de su sonrisa.

 Miguel Ángel G. Yanes


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107.
MUCHACHA DE OJOS CLAROS
(A Mª Jesús Lima)



Te encontré
naciendo ya el ocaso,
en un suspiro,
y amaneció de nuevo
en los postreros
confines de la tarde.
Estirando el silencio
de los labios,
entre le clamor
profundo de los ojos
se hizo eterna.
Y fue sobre mi piel
enardecida
que derramaste
tus mares y tu cielo,
y en tu espacio infinito
fui gaviota
y en tus aguas profundas
pez cautivo.

 Miguel Ángel G. Yanes


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108.
VIGESIMOSÉPTIMA CADENCIA
(A Mª José García Suárez)



El viento anuda
el otoño en tu talle:
un lazo verde
sobre un tríptico
de rosas amarillas.

El año ha repetido
su paso por ti misma,
ha cuajado las nubes
deshechas que flotaban
como postrer recuerdo
de fúlgidos estíos.

Noviembre ha resbalado
sereno por tus manos,
y a tus pies, postergado,
repite quedamente
el eco de tu grito.

Veintisiete cadencias
vibran en tus oídos.
Adornan tu silencio
las otoñales flores
cuando tu cuerpo queda
dormido en los helechos,
y despierta en tus ojos
cerrados el fantasma
que, celoso, vigila
el mundo de los sueños.

 Miguel Ángel G. Yanes


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109.
MAÑANA
(A Mª Luisa Mtnez. Solar)



Mañana, al retornar
de nuevo al desconsuelo
de las aves lejanas,
del color y del cielo,
a este claustro amarillo
de horizontes perpetuos,
la rutina será
más pesada que antes,
mas amarga, más gris,
reflejando tu ausencia
mi callada tristeza.

Mañana no hallaré
tu cómplice sonrisa
cuando algún pensamiento
vuelva a soplar la bruma
de los mundos ocultos
que en nuestros pechos crecen.

Mañana no hallaré
cariñosos reproches
de tus labios al verso
amargo y desgarrado
del hombre descontento.

Mañana no tendré
tu grata compañía
para escapar a ratos,
en un diálogo amable,
de mi cárcel de líneas
y números concretos.
Mañana no tendré
tampoco tu mirada
taladrando el misterio
de esos seres que llegan
prendidos a los sueños.

Mañana no estarás
(físicamente hablando)
sentada a mi derecha
como hace tantos años,
pero si  que estarás,
amiga, compañera,
ocupando un espacio
vital en mi silencio.

 Miguel Ángel G. Yanes


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110.
SACERDOTISA NOCTURNA...
(A Mª Nieves Aránzazu)



Morena y enigmática mujer
de ojos oscuros,
pitonisa sagrada de la noche;
la de la negra aljuba y la diadema
argenta y estrellada,
amante de los dioses excelsos
del ocaso.
Lumínica expresión tus manos,
tras la muerte del sol,
abiertas al conjuro.
Ébano y miel tu cuerpo, casi bruma
que entreteje mis sueños más profundos.

Grito el enigma intacto de tu nombre
y lloro,
más allá del dolor de tus ausencias,
cuando mi voz apaga el áureo
y sutil resplandor de tu leyenda.

Miguel Ángel G. Yanes


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111.
CUANDO EL AGUA Y LA PIEDRA...
(A Mª Nieves Samblás)



El agua
-rumorosa cascada de impetuoso sueño-
comunica a los ojos su grácil movimiento
y éstos lo hacen saber a toda roca
que tiembla y distorsiona
la pétrea consistencia de sus bordes.

La piedra
-silencio en las esquinas-
recibe la mirada del agua y se estremece.
La sed de ser inmóvil, de ser quietud,
reposo, conduce todo cauce hasta la piedra.

También es sed aquélla: la sed de movimiento
que exaspera la sombra de la quietud eterna.

La sed de ser cristal -espejo inanimado-
y la sed de ser río o limo en la corriente
se besan y conjugan en la única sed
que tiende a lo perfecto.

Miguel Ángel G. Yanes


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112.
LABORANDO
 (A Mª Paz Ballesta Muñoz)


Hilvanando distancias nos hallamos
el uno junto al otro en esta sala,
en este absurdo balneario donde
los largos hilos de la memoria flotan
y enredan nuestras almas que, agotadas
por las terribles batallas con los números,
se han lanzado de cabeza al frío,
a la heladas piscinas del pasado.

No es nada fácil de secar el alma.
Y el albornoz de la rutina pesa
tanto como la luz artificial clavando
sus agujas de sal en nuestros ojos.

Condenadas sin juicio las ventanas,
está prohibido el cielo en nuestro oficio,
pero un ruido de cárceles abiertas
deja entrar la esperanza e ilumina
con un rayo de sol tanta tristeza.

Una flecha incólume de plumas
atraviesa la luz, y la mañana
suavemente se rasga en dos mitades
de amistad, de labor y algún silencio
detenido en el borde de la esquina.
Miguel Ángel G. Yanes


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113.
EL SENDERO DEL SOL
(A Mª Reyes Morales Febles)



Desde el verde
rutilar de tus ojos
hasta la horizontalidad
perfecta se extendía
el sendero del sol.

Sobre la mar temblaba,
dorado y refulgente,
mientras la noche iba
-ya tus párpados bajos-
desmoronando formas,
devorando sus labios
los restos de la tarde.

Tu cuerpo se expandía.
Por entre las montañas,
las últimas gaviotas
volaban a sus nidos.

Afianzadas las sombras
en la orilla sin luna,
heridas se estremecen,
cuando al alzar de nuevo
los párpados, el brillo
sagrado de tus ojos
vuelca sobre la noche
todo el sueño del sol.
 Miguel Ángel G. Yanes


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114.
VERTIGINOSAS GIRAN
(A Mª Teresa Romo Pérez)


En la eterna verdad del Gran Silencio
nuestras almas de luz
vertiginosas giran
en un intento extremo por fundirse
en Su Profundo Pecho
donde estrellas
de infinitas galaxias parpadean.

 Miguel Ángel G. Yanes


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115.
ANALOGÍA
(A Mª Victoria Jorge Romero)
Siempre tuve
Más relación o afinidad
Con tu hermana Cristina
Que contigo. No en vano
A ambos nos unía
Una corta
Diferencia de edad.
Mientras nosotros,
Niños aún,
Vivíamos en el mundo
Mágico de los juegos,
Tú eras ya una joven
Que agitaba
A otro ritmo la vida:
Las amigas, los novios,
Los guateques...
Pero mira por dónde;
Después de años de ausencia,
Hoy que hemos pasado
Con creces esa línea
Ecuatorial que marca
El resto de la vida,
Tropezamos y vemos
Que existe entre nosotros
Tremenda analogía.
No en vano se aglutinan
Mil recuerdos
En mi memoria y giran
Contigo y con los días
En que la vida apenas
Nos mordía
Como hace hoy, la piel,
Con esa rabia inútil
Que llamamos edad.
Y sentados al borde
De la nostalgia alzamos,
Como una red de sueños
Y esperanzas,
Nuestras dolientes manos,
Dispuestas a atrapar
Las hebras con que tejen,
Ángeles transparentes,
La insobornable luz
Que nos envuelve.

Miguel Ángel G. Yanes
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116.
DE TU LEJANO VUELO A LA ESPERANZA
(A Maca)


Las palomas
cuando vuelan muy alto
rozan el infinito
con la punta del ala.

Puedes ser la distancia
-morada del silencio-
cada vez más lejanas
las formas de tu cuerpo,
pero jamás la ausencia 
porque una pluma tuya
entre mis manos tiembla.

 Miguel Ángel G. Yanes
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117
SOY RESTO DE UN NAUFRAGIO
(A Maki)


Arribo a tus orillas
envuelto en una ola
de curva silenciosa.

Mi beso está en la arena
jugando a conocerte.

Mi cuerpo, tierra adentro
-madero entre tus dunas-
varado eternamente,
deja la sal y el agua
dormir en tus entrañas.

Soy resto de un naufragio.
Sólo tengo del mar
el sueño de mi abrazo.

Miguel Ángel G. Yanes


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118.
EL MURO INFRANQUEABLE
(A Manolo Correa "El Gomero")


Los duendes,
que con polvo de estrellas te salpican los ojos,
nocturnamente surcan,
llevándote consigo, espacios siderales.

Te arrastran a otro mundo
perdido en la infinita distancia de los sueños.
Allí es donde se halla
el muro infranqueable que tu mano golpea;
colosal estructura
cuyo borde se pierde, lejano a tu mirada,
en el mar de las nubes.

A ambos lados crece de tu cuerpo y desgarra
la línea inaprensible de tu propio horizonte.
Por eso me remito
a la única forma posible de atacarlo:

Has de trepar por él,
has de subir a fuerza de voluntad y orgullo
aunque dejes la piel de dedos y rodillas
a la piedra adherida.

Has de arrancarle al muro
nocturno ese secreto que a tus ojos esconde,
y entonces, el esfuerzo de tu mente y tus músculos,
en la nueva vigilia inundada de luz, 
será recompensado.

 Miguel Ángel G. Yanes
  

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119
EL PAJARILLO HERIDO
(A Manuel de los Reyes Peña Siverio)


Pájaro de ala herida,
saltarín de los charcos
sin un beso de nube.

Pájaro de ala roja,
triste luz mortecina
de sus redondos ojos.

Pájaro que no alcanza
el bancal de los trigos
cimbreantes al viento.

Pajarillo de trino
desgarrado y amargo:
lagrimal del estero.

Pajarillo enjaulado
sin barrotes ni espejos:
prisionero del barro.

Pajarillo de plumas
verde oscuras  y sangre:
nostálgico del cielo.
Y la noble caricia
de una mano, de pena,
temblorosa e imprecisa.

Y el tímido quejido
de su pico al contacto
con la piel del humano.

Y la suave sonrisa
de doradas espigas
como labios intensos.

Miguel Ángel G. Yanes


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120
ÁRABES
(A Manuel Pérez Rdguez.)
 

Hoy tienen las nubes 
perfiles árabes:
narices aguileñas,
puntiagudos mentones
y turbantes
que van del gris al verde
y viceversa.

Apenas sopla el viento
y se deshacen
con lentitud sus rasgos
para crear corceles
que galopan furiosos
por un desierto
de espumosas arenas.

Aves de presa
vienen a ser más tarde,
al rolar hacia el sur
seco y caliente el aire:
blancos halcones
de silenciosas plumas.

Y vuelta a empezar:
rostros árabes,
caballos árabes,
aves de presa… árabes.

En cielos andaluces
cetreros árabes
siguen cazando aún.

Miguel Ángel G. Yanes


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121
INSOBORNABLE ANHELO
(A Marcelo Abreu, in memoriam)

Dos razas se tocaron,
de pronto, en la distancia.
Su soledad, al contacto
cálido de la piel,
más allá del color,
de religión, de normas,
de inútiles fronteras,
se transformó en un roce,
una caricia, un beso…
y en un abrazo dulce
de cacao y naranja
destiló la nostalgia
húmeda y necesaria
para engendrar la forma
que nuestras almas cubre.
Así brotó, desnudo,
caliente, ensangrentado,
de maternas entrañas,
un diminuto cuerpo,
mitad viento y arena,
mitad isla, mitad
selva, río, cordillera,
mitad mar y también
mitad enredadera
trepando hacia los pechos
nítidos de la luz.
Así trajiste aquí,
sobre tu piel, un sueño,
una esperanza, un soplo,
insobornable anhelo
de un tierno mestizaje,
que ha de ser (tiempo al tiempo)
la única manera
de salvar este mundo
malherido y enfermo.
Miguel Ángel G. Yanes
*******************

122.
SE DETUVO UN INSTANTE
(A Margot...)
Abrazada al tronco de una palmera,
Con un disfraz sensual de hawaiana,
Enigmática, esbelta, llamativa:
Con una falda de fibras vegetales
Un collar de flores, una orquídea
en el pelo, unas cortas sandalias
que desnudaban tus cristalinos dedos,
Y los senos cubiertos por la casta
Cáscara de unos cocos, que latían
Acompasando el ritmo de la música.

Hipnotizado casi te observaba,
Y en la piel de tu cuello al fin notaste,
De mis ojos el tacto, la llamada
Que los tuyos buscaban. Te fue fácil.
Me encontraste sin más entre el gentío.
Al verme, sonreíste. Y fue entonces
Que el mundo se detuvo un instante.

La carroza frenó en su lenta marcha.
Las comparsas dejaron de tocar,
Cesó el ritmo frenético del baile.
Murgas y rondallas callaron al unísono
Y los confetis también se detuvieron
De repente en el aire. Sólo tú y yo seguíamos
Mirándonos de lejos, expectantes,
Como heridas falenas revoloteando
En el rayo de luz de la sonrisa.

Miguel Ángel G. Yanes


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123. 
LA LLEGADA DEL HIJO
(A Mari Mar, Paco Y...)
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124.
DESDE EL MAR
(A Marián Guerrero de Escalante)
Tus lánguidos cabellos
llamados por la lluvia de ayer
hasta la espuma,
se funden en un sueño
de tímidos corales
y frágiles estrellas de mar
donde se besan
todas las criaturas
que formaron tu cuerpo
desde siempre.
Van las gotas de agua
recorriéndote lentas
la piel que simboliza
el supremo peldaño de la vida,
y se filtran acaso
hasta encontrarte,
humedeciendo el barro
sagrado donde habitas.
 
Miguel Ángel G. Yanes


*******************
125.
DESCÁLZATE
(A Marina Hdez. Cabrera)
Cuando sientas que estallan
los días en la frente
marina de tus sueños
y en un mar tenebroso
se hundan tus deseos,
regresa a tu silencio,
descálzate y camina
despacio por el puente
colgante de la vida.

Miguel Ángel G. Yanes


******************

126.
PRISIONERAS DE AZUL
(A Marinola)

Se aferra a las esquinas
la enredadera, trepa,
lenta, por la pared
azul hacia el origen
de los azules; puebla
de pentágonos verdes
su vertical silencio.

Una vez liberadas
de vegetales redes,
liban néctar de endrinos
las mariposas; besan
con sus espiritrompas
el alma de las flores.

Sin embargo,
aunque el alado cuerpo
de los insectos pueda
desgarrar las paredes
transparentes del aire
y atisbar el misterio
desgarrador del fruto,
seguirán siendo presas
de un futuro en azul,
aunque al desvanecerse
la luz, su vuelo cese.
Miguel Ángel G. Yanes
******************

127.
CRÁNEO, PALOMA Y DUEÑO
(A Mario Rdguez. Martín)



En este cráneo antiguo
la soledad reviste su quietud
con plumas de paloma.
Suaves sobre la amarillenta
curvatura del hueso
traen el eco lejano
de un vuelo entre las nubes,
como consuelo acaso
para un cuerpo olvidado en esta esquina
mientras su dueño gira,
transparente y ligero,
bajo un mágico ritmo
de pinceles luchando contra la oscuridad
que cede y se derrama
salpicando de luz,
por fin, a los humildes.
Miguel Ángel G. Yanes


****************** 

128.
LIBRE EN LA LUZ
(A Marta Artiles Estévez)

Flota libre en la luz,
mágica y leve,
la mariposa; tiende
a inviolables alturas
donde sueña,
con húmedos jardines,
un ente primordial
adormecido
en un lecho celeste
de blanquecina espuma.
Gira y asciende
vertiginosa; tiembla
de miedo y de placer,
roza el perfil
helado de la luna
y se filtra, veloz,
hacia una inmensidad
de fulgurantes flores
que ingrávidas palpitan.
Y cuando al fin se posa
en el cristal del borde,
para absorber la luz
de las corolas frágiles,
un temblor la sacude
al contemplar
apenas diluidos
en el néctar,
rasgos que, tiempo atrás,
de mariposas fueron.
 Miguel Ángel G. Yanes
 ******************
129.
JUNTO AL VIEJO COLUMPIO
(A Marta Brito Hdez.)


Herrumbriento, abandonado, roto,
El columpio tristemente amarrado
Por la vieja cadena me estremece,
Cuando el recuerdo agita su vaivén
De tiempos ya pasados, y la risa
Lejana de los niños se entremezcla
Con la piel de los nísperos. Y las flores
Inmensas de la hortensia desperezan
Con sus azules pétalos a la tarde
Que adormecida apenas se columpia
En la suave modorra del verano.

Miguel Ángel G. Yanes
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130.
SE ME HIZO DE PRONTO UN NUDO EL CORAZÓN
(A Mary...)



Si no la conociera de antaño no sabría
a ciencia cierta si es hombre o mujer,
sombra o criatura de algún submundo
que de repente emerge.

Las facciones resecas por el sol
de la angustia y las drogas,
su cuerpo escuálido sin asomo aparente
de femeninas formas,
su caminar cansino,
la espalda ya encorvada,
el débil pecho hundido,
su pedigüeña mano.

¿Por qué infiernos terribles ha debido pasar
en estos años grises?
¿Cuánta soledad le habrá roto
los rincones del alma?
¿Y aquel hijo que tardíamente vino?
¿Y la luz que habitaba sus ojos?
¿Y su risa?
¿Y su dulzura?
¿Y el poeta que en sus labios vivía?

Cabizbaja, con voz casi inaudible,
pasó de mesa en mesa mostrando el cuenco
de sus delgados dedos. Su timidez helaba.
Sentí un escalofrío corriendo por mi espalda.
Un algo de ternura voló de su mirada
y en ese instante supe que me reconocía.

Tuvo la deferencia de corregir su rumbo
y evitar nuestra mesa para no herirnos ambos.
Una lágrima pugnó por no rodar
más allá de mis ojos, escudando el temblor
tras una empalizada de recuerdos y párpados.

Sentí el deseo de abrazarla con fuerza,
consolarla de no sé qué manera,
llenar su esquelética mano de billetes
aunque se convirtieran en polvo a su contacto,
pero ya estaba lejos, tan lejos,
tan sumamente lejos que mis brazos
jamás la alcanzarían.

No perdona la vida.
Miro hacia atrás y veo, con nitidez,
una joven vital, inquieta, soñadora,
pletórica de amor y de alegría
flotando casi en su esfera de luz.
Su mirada tenía un fulgor anhelante,
su voz un toque angélico
y un mágico destello su frente de cristal.

Quiero rendir aquí, en esta nebulosa
de sediento papel, un pequeño homenaje
a la tierna amistad que entre nosotros hubo.
No sé si aún leerá, pero aunque así no fuera,
puede que alguien le recite algún día
este par de poemas.

No le pido una lágrima, tampoco esa sonrisa
que se borró en su rostro. Sólo quiero que sienta
ese latido, ese pálpito intenso de saber
que escribió estos poemas en un tiempo
vagamente lejano, y hoy se asoman
a los ojos de otros que tal vez necesiten
estas viejas antorchas en sus manos:

*
"Sigo escuchando a los guanches
aunque parezca locura
hijos del Teide gigante 
pletóricos de hermosura
silbando por los barrancos
un canto a la nueva luna."

 Mary
21-09-79
*
"Con la impotencia de un grito 
atrapado en la garganta
trato de pedirle al viento
que traiga paz a mi alma.
¡Que cese esta tempestad
Y despierte la bonanza!
¡Que el mar y la luz me traigan
margaritas de esperanza".

 Mary
12-01-80
*
   Miguel Ángel G. Yanes


*******************

131.
EN LA SENDA
(A Mauro Pérez Sánchez)
Gustan los lagartos
de atravesar los huecos circulares
para llegar al vientre profundo de la piedra.

El martillo neumático que taladró su cuerpo
yace herrumbriento y roto detrás de los cardones.

Los lagartos recuerdan, cuando posan al sol,
la estridente batalla de la roca y el hierro.

Un grupo de gigantes está petrificado
sobre las altas cumbres del norte de la Isla.

Como una piedra alada, desciende de las nubes
un pajarillo, aún neófito en el vuelo.

Una rata de monte, en cuclillas se esmera
en roer unos granos de probada dureza.

El caminante pasa con lentitud, observa,
y al alejarse,
una sonrisa tenue sobre las jaras deja.

Miguel Ángel G. Yanes


******************

132
QUIÉN
(A Mauro Sánchez Henríquez)
 

El silencioso ser de la colina
con la forma del viento en sus anhelos
y jirones de piel -corteza herida-
es el árbol sagrado al que me fundo
cuando rompo mi cuerpo y me echo fuera.

¡Di!
¿Quién te puso en los ojos tal escena?


Miguel Ángel G. Yanes


*******************

133
AL ALBA...
(A Mercedes Pérez Rdguez.)


Laberíntico juego
en húmedo colchón
de arena negra.

Sus huellas.

Silencio.

La alborada,
celosa,
te dibujó su encanto
orillando de espuma
tus pies inquisidores.

¿Cual sería
su última pisada
antes de alzar el vuelo?

Miguel Ángel G. Yanes


*****************
 
134
HOY HAN VUELTO OTRA VEZ
(A mi abuelo paterno "Paíto")
  

  
De pequeño sentía
un inmenso temor
de los gatos en celo.

Como cuchilladas,
sus terribles maullidos
desgarraban la noche,
rozando con sus filos
el borde de mis sábanas.

Llanto estéril de niños
huérfanos de caricias.
Lúgubres lamentos
de desesperación;
pánico, frío, viento,
todo menos amor,
todo menos placer,
todo menos la sensación
lejana de caricias.

Luego marchaban
hacia mundos distantes
al rectángulo mágico
de la ventana.
Los veía pasar,
aterrado y ansioso,
tras la transparente
frialdad del cristal.

Subían, fieros,
con los ojos brillantes,
en hileras largas,
maullando sin cesar,
para perderse
detrás de las estrellas.

Hoy han vuelto otra vez.
Tras la cortina roja,
más allá de la negra cancela,
más allá de los cirios,
de la cruz y el cadáver,
sus cuerpos se agitaban.
Sus ojillos redondos
taladraban
el oscuro misterio
de la vida y la muerte.

Dos ángeles rondaban
el féretro, subiendo
lentamente y bajando
junto a sus laterales;
esperando que el ser,
sin temor a los gatos,
decidiera soltarse
de la carne y volar
libre al fin a los cielos
de la inmortalidad.

Miguel Ángel G. Yanes


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135
DESPUÉS DE TANTOS AÑOS
(A Micaela, mi bisabuela paterna)



Las nieblas de mi infancia recubren tu figura:
alta, delgada, luminiscente casi,
cruzando el amplio patio poblado de alhelíes
y frondosos helechos que se agitan
cuando sienten el beso reparador del agua.

El golpeteo rítmico del almirez alcanza
hasta mi boca el dulce sabor de las almendras.

Recuerdo bien el gris de tu cabello, siempre
recogido en la nuca,
y tu mano delgada tirando de mis pies
que a diario quedaban
clavados en la puerta de la pastelería.

Cedías al fin a mi empeño y entrabas
para comprarme un dulce
que llenaba mi boca y vaciaba
tu exiguo monedero.
 
Una tarde de minúsculas nubes,
hacia el dios luminoso de los cielos me alzaste,
y nadando en la luz
flote sobre tus manos que estuvieron
a punto de perderme
cuando brotó de mi garganta un grito
para pintar de asombro las líneas de tu rostro.

No soy consciente aún,
después de tantos años de soledad y olvido,
de cual fue la palabra que pronuncié; tal vez
vestigio de un pasado que tú reconociste.

Con tu invisible túnica, sacerdotisa
de una raza olvidada,
buscando una señal,
inspeccionaste ansiosa el cielo de mi boca.

Profetizaste, sin fuente y bajo el sol
ardiente del verano,
que mi destino estaba
ligado a un sacerdocio remoto, y los arcanos
brillaron en tu rostro destilando
una lágrima antigua en tu mejilla.
 
Cuando vino la plaga
roja de la langosta
a devorar el verde y ocultarnos
con sus aladas sombras
la luminosidad,
fue la primera vez que entre tus dedos
contemplé el crucifijo
en que un Cristo de bronce refulgía
por criaturas celestes custodiado.

Luego, siempre lo vi
clavado sobre un mar de lámparas de aceite
y palpé, en alguna ocasión,
con un escalofrío,
una red invisible de misterios
flotando en el sagrado silencio de tu cuarto.

Llegó a mis manos en el dolor de un sueño;
transparente y ligera
me lo ofreciste tú.
Hoy duerme en una rosa compartida, en un sueño
constelado de estrellas y negros azabaches.
 
Después de tantos años
sigue viva tu imagen
en esta bruma tenue que se posa en mis ojos.

Tus últimos momentos:
el llanto derramado por cuartos y pasillo,
mi angustia temblorosa
pugnando por zafarse del nudo en la garganta,
y tu mano aferrando mis diminutos dedos
que hoy no señalaban golosinas, tan sólo
una mariposilla
delicada y minúscula que te sobrevolaba.

Y tu postrer mirada,
profunda y amorosa,
despidiendo serena la inquietud de la mía.

Así te fuiste, etérea,
en un fugaz instante al apretar mi mano,
y un murmullo de asombro
rompió la frágil luna de nuestro amor, poblando
de incontenibles lágrimas
y múltiples destellos
la magia inmemorial del último secreto.

Miguel Ángel G. Yanes


******************* 
136
COMPAÑERO DE JUEGOS
(A mi hermana Lala)



Invisible te ronda
aún, desde la infancia,
un ángel cristalino
que la luz desvanece
sobre tus párpados
cuando tiembla el latido
primero de la aurora.

Sin embargo recuerdo
que de niña lograbas
descubrirlo en el juego,
tal vez porque a esa edad
los ojos todavía
mantienen el fulgor
divino, y un resquicio
de luz te permitía
contemplar un instante
las facciones etéreas
de tu ángel guardián.

¡Ah!... Y lo llamabas… Ángeles.

Miguel Ángel G. Yanes


******************

137
YACE UNA ROSA
(A mi hermano Braulio)

 


Yace una rosa huérfana en tus manos.
Sus pétalos son sueños que le prestó la vida,
sus hojas son suspiros de amores sin sentido;
recuerdos sus espinas
cuando al acariciarlas se clavan en tus palmas
y no sientes el flujo rojizo de la herida
que, lento, busca el cauce de tus dedos e inunda
los temblorosos pétalos,
desgarrando el contacto su profundo secreto
desde el Principio envuelto
en un largo silencio de vegetales velos.

Miguel Ángel G. Yanes


*****************

138.
LA ARAUCARIA
(A mi hermano Palmiro)


La gran araucaria,
que en nuestra infancia,
al desgarrar la tarde con su aguzada lanza,
revestía de plumas
aquel sueño invernal de tantas almas
con su disfraz de niño,
yace herida de muerte,
con su pie y sus cien brazos
desgajados del resto vegetal de su cuerpo.

Por su marchita frente,
una fila de hormigas, interminable pasa,
y un último suspiro,
sonoro de madera,
agitará un recuerdo
dormido en los anillos concéntricos del pecho,
al tiempo que la sombra
difusa de unas alas
nos roce el invisible perfil de la esperanza.

Miguel Ángel G. Yanes


******************* 
 139.
DESPEDIDA
(A mi madre)


Para decirte adiós
inundaron mis lágrimas
tu cadáver
y un beso
en la amarilla frente
que dejaron
descubierta los pétalos,
ha querido alcanzarte
inútilmente.

Menos tú,
todo ha quedado aquí.

Tu cuerpo,
los pétalos,
mi beso,
jamás podrán llegar
a donde a ti
te ha empujado la brisa
del regreso.

Miguel Ángel G. Yanes


******************

140. 
DEL POEMA PRIMERO DE LA INFANCIA
(A mi padre)


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141
ROTUNDO AMANECER
(A mi sobrina Cathaysa)
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142

EL RESPIRO DE LA CIUDAD
(A mi sobrina Pili)


 Nebulosa, flotante, adormilada,
una ciudad sobre la mar palpita,
descansa al borde mismo del amanecer
del nocturno ajetreo de sus bares.

A medida que la mañana avanza,
con la matutina impotencia del vampiro,
los filamentos de las bombillas ceden
y ocultan sus puntiagudos colmillos
ante el empuje de la luz natural.

Los clientes se esfuman uno a uno,
como si se apagaran también,
dejando tras de si un eco de pisadas
en la vaporosa estela del alcohol.

La ciudad se estira levemente,
se despereza con sigilo, crujen
puentes,  paredes, soportales
y el humo adormecido vuelve
a elevar al cielo sus penachos.

Apenas ha gozado de un respiro,
de un minúsculo lapsus, la ciudad:
el espacio de tiempo comprendido
entre el chasquido de dos interruptores.

Miguel Ángel G. Yanes


*******************

143.
SIGUE VIVA EN LA LUZ
(A mi sobrina Sara, in memoriam)


¿Saben?

No había visto nunca
Un ángel del Señor,

Pero,

Cuando Sara enfermó
Lo descubrí en la paz
Profunda de sus ojos,

En su nítida miel,

En la intensidad crucial
De su mirada,

En su fulgor sagrado,

En sus alados bosques
De pestañas,

Jugando al escondite
Tras la humedad salobre
De la orilla,

Atisbando curioso
Mil universos mágicos,
Para nosotros
Vedados todavía.

Hoy
Nos puede la tristeza.

 Lo sé.

Y un dolor infinito,
Como una helada lanza
Que atravesara
De lado a lado el pecho.

También lo sé.

Pero ha de servirnos
Como consuelo un hecho:

La bendición
De haber podido
Convivir con un ángel,

Y que, aunque ahora,
Desprendido
Del frágil cuerpo
Donde hasta ayer moraba,

Reclamado por Dios
Para seguir tocando
Humanos corazones
En éste u otros
Universos mágicos,

Seguirá para siempre
Con nosotros:

En el tacto del aire,

En la voz de las hojas,

En la piel de los árboles,

En el canto de un pájaro,

 En el son de las fuentes,

En la arena y el mar,

En la lluvia y la nieve,

En fugaces estrellas,

En el brillo lunar...

Pero sobre todo
En la insonora paz
Donde el recuerdo agita
Sus luminosos rayos.

Porque el silencio es luz también y alumbra
Las profundas cavidades del alma.

Miguel Ángel G. Yanes


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144.
A LA ORILLA DEL MAR
(A Miguel Ángel Guerrero)



Una boca metálica persigue
Nuestros pasos con ruido de cadenas.

A medida que avanza devorando
El antiguo sendero del cementerio:
Mirador de muertos que se asoman,
Sin vértigo ya al encrespado Atlántico,
Entre chirridos de herrumbre intenta darnos
Una fugaz y hambrienta dentellada.
Escapamos de su ruidosa furia
Acelerando el paso, rumbo al mar:
Invisible aún a nuestros ojos,
Audible apenas su lejana resaca,
Oloroso ya de tan cercano,
Nítido en la esperanza de su tacto.

Apareció de pronto revestido
Por un verdor profundo de frutales,
De aguacates y mangos columpiándose
En los rayos del sol con indolencia,
De palmeras canarias agitando
Sus rotundas y hermosas cabelleras.
Fúlgido monstruo acuoso, coronado
Por las mágicas crestas de la espuma.

Negra y silenciosa, tensa, la playa,
Con brillantes cayados a la espera
Del embate marino, para rodar,
Entrechocar y componer poemas,
Húmedos, rumorosos poemas,
En la sagrada desnudez de su piel.

Hay un jardín de apenas cuatro palmos
Con trozos de cristal y de silencio,
Y un papayero que hunde con ahínco
Sus frágiles raíces en el vientre
Cálido y refulgente de la arena.
Nos desconcierta su salobre ambición.

Pequeños, tersos, rutilantes pechos
De virginales nereidas que han traído
Desde las simas profundas del océano
Todo su amor y todos sus secretos,
Son las tenues papayas que le cuelgan
Bajo la delicadas sombrillas de sus hojas.

Por más que lo miramos no entendemos
Demasiado bien cómo subsiste.

A fe que son marinos sus rutilantes frutos;
Acaso sean salobres y en si tengan
Milagrosos remedios naturales,
Componentes extraños que permitan
Acabar con mil males que la ciencia
Ni siquiera ha podido comprender.

Ajeno por completo a las nereidas
Y a sus hermosos senos, el ancestral
Espíritu que el papayero habita,
Con vegetal resignación contempla
Cómo la larga lengua del barranco lame
La sal que la marea abandonó en la orilla.

Entre unos  rotos muros se cobija
Blanco y azul, el sueño de una barca.
Un pequeño edificio alquila tiempo
Y un solitario mástil sin bandera,
Fiel vigía de tiempos ya pasados,
Corona la soledad y la ruina…

Allá arriba, en El Semáforo.
Miguel Ángel G. Yanes


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145
SE HA QUEBRADO LA LUZ ANTE MIS OJOS
(A Miguel Hdez. Armas, in memoriam)



La severa noticia de tu muerte
ha desarbolado esta mañana
de jirones azules y hasta el canto
rotundo de los pájaros
ha dejado escapar una tristeza
que flota, casi gris, en el terrible
silencio de un espejo
donde al mirar, con húmedo sigilo,
he sorprendido tu rostro en vez del mío.

Miguel Ángel G. Yanes


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146
LA ISLA DEL CANGREJO
(A Montserrat Ortí)

 
A la luz de la luna,
gris-plata de tus manos,
el lago ha resurgido
como argentino sueño
y de sus aguas calmas,
la Isla del Cangrejo
volvió a la superficie
de verde engalanada:
Sus dos colinas blancas,
el río azul marino,
los valles de su vientre,
las perlas de la orilla,
la orquídea de su pecho,
y en su temblor el suave
perfume de las lilas.

Miguel Ángel G. Yanes


***************** 

147
CÓMO REVERBERABA EL CIELO AZUL
(A Natalia Patiño, in memoriam)


No tuve la ocasión de conocerte en vida,
Sólo pude compartir el dolor,
El profundo dolor de tu familia,
De tus amigos, compañeros, vecinos…
Durante unos minutos, acaso interminables,
Y el roto corazón de tu padre,
Al que ni siquiera me atreví a consolar.

Las palabras, a veces,
No alcanzan ese borde,
Ese brocal del pozo
De los labios, y caen
Pesadamente,
Y te arrastran con ellas
A las profundas,
Soledades del alma,
Para acabar temblando
De frío en un rincón.

Sólo pude
Situarme a tus pies,
Y en el ángulo exacto,
Elevar la sencilla
Oración que el Maestro,
El último avatar
De la Divinidad,
No legó en un intento
De hacernos comprender
Lo incomprensible.

¿Sabes?
Cuando todos lloraban contemplé
Cómo reverberaba el cielo azul,
Cómo el calor del fuego consumía
La soledad, el dolor, tanta tristeza.
Cerré los ojos con fuerza y entendí,
Que liberada al fin de tus angustias,
Con la transparencia de un ángel, ascendías
Diáfana y pura hacia la inmensidad
Como parte integrante de la luz.

Miguel Ángel G. Yanes


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148
NOCTURNIDAD
(A Nena)


Algarabía nocturna
de las olas,
y en la húmeda arena,
sigilosos,
tus pasos y los míos
en busca de la mar.

Sin luna,
sin estrellas,
sin vértices,
sólo la oscuridad
compartida y el verso
que escriben nuestros labios.

Caricia de la brisa
tus cabellos al vuelo
sobre mi rostro y fronda
de idílicos corales
tus brazos en mi pecho.

Hienden el manto helado
nuestros cuerpos, envueltos
en un rumor salobre
de efervescente espuma.

Roza tu piel la ausencia
de ondinas anhelantes,
y el suave escalofrío
del mar nos estremece
cuando cierra el abrazo
de aquel amor que huye,
enigmáticamente,
al fondo de las aguas.

Miguel Ángel G. Yanes


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149.
EL AROMA DE INVIERNOS YA OLVIDADOS
(A Nicolás Gª Bethencourt)


Se va a desplomar
el cielo
en gotas infinitas.

La voz
arrastra por los valles
las antiguas leyendas
de todos los inviernos.

Murmuran las montañas
secretas letanías
de alturas inviolables.

Los halcones regresan
del vuelo matutino;
cruzan como saetas
y dejan en el aire
la forma del graznido.

La luz se está agrietando
y un insaciable gris
devora sus heridas.
Un temblor expectante
sacude a los paraguas
y a los impermeables
desinflados e inmóviles
en armarios oscuros,
soportando el exilio
de secas estaciones.

Los cristales repican
como locas campanas,
y en el alféizar llora
de amor una amapola.

Las paredes desnudas,
rezumando nostalgia,
no se expresan, no vibran,
sólo callan con fuerza
aspirando el aroma
de inviernos ya olvidados.

Cuatro leños de pino
crepitan somnolientos.

El bosque se ha dormido
ahora para siempre.

Miguel Ángel G. Yanes


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150
AL BORDE MISMO DE LA LIBERTAD
(A Nino Bravo)


Con la mano crispada en el alambre,
hundidas en la carne las metálicas púas,
desoye la llamada del soldado que apunta
al centro de la blanca estrella de su espalda.

Invisible a los ojos tristes del centinela,
una rosa de sangre va extendiéndose, lenta,
sobre su piel y empapa la luz de la camisa.

Fuera del muro cae. Blando e inerte yace
sobre la superficie oscura del asfalto.
Entre sus labios tiembla una sonrisa tenue
que una lágrima inunda...

Libre al fin.


*****************

151
LAS LUCIÉRNAGAS
(A Nuria Delgado, in memoriam)


Las luciérnagas vuelan entre aves nocturnas,
y se asustan (las aves) de su claro destello.
Las luciérnagas crecen, y se expande su brillo
cuanto más negras
las alas que se extienden sobre la noche bruna.
Las luciérnagas suben hasta el cielo y lo rasgan,
convirtiendo en estrellas rutilantes sus cuerpos.
Allí quedan dispuestas en figuras complejas,
mientras las aves giran sus ojos hacia ellas,
no repuestas aún de la audacia terrible
del insecto minúsculo.

Miguel Ángel G. Yanes


 *****************
152
MACHU PICCHU
(A Olga Manzano y Manuel Picón)

 
"Viento de piedra"

Un súbito murmullo
del viento que dormía
bajo el musgo y los años,
sopla sobre mi cuerpo
secretos escondidos
a la luz de la luna
remota del recuerdo.

Hacia el Huayna, mis pasos,
lentos, ascienden
los ocultos peldaños.
En la cúspide pétrea,
el vuelo de las águilas
se enreda con mi grito.

Miguel Ángel G. Yanes


******************

153.
EL CAUCE
(A Orlando Cova)
 


Por el profundo cauce
Del barranco
Te va empujando el sol,
Quemándote
La espalda y las entrañas
Con su infierno
De luz casi divina.

Con un saco de sueños
Sobre el hombro,
Y el aroma intenso
Del brezal
Hecho sed en la piel
Y en las grietas
De los resecos labios,
Ensimismado bajas
De la cumbre
Con un ritmo cansino
Ya en los pasos
Y la enigmática paz
De la sonrisa
Del buscador que halló
Quién sabe qué
En la lejana bruma 
De aquel mar.

Tu garganta,
Con un dolor que raspa
La esperanza,
Recitando bajito,
Va creando
Versos de luz y sal:
Casi inaudibles
Murmullos para el alma.

Arden tus pies
Desnudos al contacto
Abrasador
Del  lecho del barranco,
En ese tramo
De roca hirviente: fragua
Donde un martillo
Invisible golpea
Con la furia
Terrible de mil rayos.

Pero ahora
No te puedes parar,
Y se te ocurre
Que la vida es también
El cauce
Profundo de un barranco,
Por el que
Inexorable fluye
Nuestro espíritu,

Y nos va transformando…
Unas veces
En piedras o guijarros,
En granos
Diminutos de arena,
O en gotas
Del tumultuoso caudal
Que arrastra
Horas, días, semanas,
Meses, años…
De enloquecidas aguas

Que al final,
Buscándose a si mismas
Se funden
(Sin darse cuenta apenas)
Con la espuma salobre
De las olas,
En el abrazo frío
De otro mar
Siempre azul en la luz
De la distancia. 
 
Miguel Ángel G. Yanes


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154.
DOLOROSAS HERIDAS
(A Pablo Milanés)


Tu voz
dulce y rotunda
abrió y cerró en mi pecho
dolorosas heridas:

La de Santiago,
abierta,
con sus negros bordes
de impotencia y espanto,
cráter sangrante
derramando su magma
de rabia incontenida
hacia un mar de tristeza.

La de Yolanda,
tierna y sensual,
cerrada
por el roce del labio,
late al ritmo
del corazón y esconde
un secreto de amor:
la lejanía
de un cuerpo de mujer
evanescente.

Entre ambas queda un eco
de luz y de dolor
que me acompaña,
repitiendo insistente
las estrofas
que tu boca arrancó
desde el crisol
fulgurante y eterno
de tu alma.

Miguel Ángel G. Yanes


***************** 

155
NIDO DE ALGAS
(A Paco y Laly)

Sobre el vértice rojo de la piedra
la luna espera el momento crucial.
La enigmática sombra
de una serpiente aérea
por las montañas repta;
atraviesa las nubes
rotas de la mañana
su metálica dueña.
Aunando nuestras fuerzas
hemos hecho un gran nido
de abandonadas algas,
con la tenue esperanza
de un ave submarina
que, aún desconocida,
ascienda a visitarnos.
Fulgen sobre la arena
minúsculos destellos
de soles extraviados,
diminutos cristales
de tiempo sideral.
La desnudez salina de la mar,
desvestida de espuma se estremece:
dos sirenas arrastran,
sigilosas, el nido,
hacia lo más remoto
de las profundas aguas.
Miguel Ángel G. Yanes
 *****************

156
MIENTRAS QUEDE ALGÚN HIJO
(A Paco Morera)

Desde esta tierra herida,
nostálgica y amarga,
que oigo llorar a veces
cuando sus hijos quedan
lejanos a las verdes
estrellas de su pecho,
desde la roca altiva
de nuestra raza guanche,
sobre el mar de la historia
victoriosa leyenda
que se yergue inmortal
entre páginas muertas,
desde esta madre triste
de azufre y lava eterna,
con su lágrima blanca
y la esperanza puesta
en la paz y el regreso
de los hijos distantes,
quiero gritar mil nombres
para que un eco tiemble
sobre la luz, y un verso
solitario le roce
su desgarrada piel,
y borrarle la herida
con un trozo de sueño.
Aunque tan sólo un hombre
habitara sus grietas,
hallaría en el pozo
profundo de sus ojos
el mágico reflejo
de todos los ausentes.
Miguel Ángel G. Yanes
*****************
 
157
PORQUE SU VOZ ES VIENTO
(A Paquita Glez. Olivares)
  
Nadie podrá jamás
acallar al poeta,
aunque corten sus manos,
aunque sellen su boca,
porque su voz es eco,
porque su voz es viento,
porque, querida amiga,
sus versos son el sueño
de los que no pudieron
encontrar al poeta
que duerme en un rincón
al fondo de sus pechos.
Miguel Ángel G. Yanes
*****************  
 
158.
LA SEGUNDA LLUVIA
(A Patricia Ferreira Costa)


Cuando el viento agita
las hojas aún cargadas
de incontenibles gotas,
cae de nuevo la lluvia.

Más tenue que al principio
pero igualmente fría
para mojar tan sólo
a los que habitan bajo
su adormecida sombra.

Como una luz sedienta
de líquidos cristales,
sobre la piel salpican
su silencioso tempo.

Y el ébano brillante
de tu rostro se perla
para arrastrar la sal
que en tus ojos dejó
ese amargo fulgor
de la tristeza.
 
Miguel Ángel G. Yanes


*******************


159
LA NIEBLA ES UN ESPEJO
(A Pedro García Cabrera)
 


Viaja la luna
entre violetas tenues
que engalanan
un silencio poblado
de pompas de jabón.

Un delfín las persigue
salpicando en sus saltos
la aurora
de nubes espumosas.

Casi inaudible
está crujiendo
la piel de la mañana.

La niebla
diurna es un espejo
donde la luz repite
la intensidad de un sueño.

Miguel Ángel G. Yanes


*******************

160
LA ESTRELLA DE LAS CUMBRES
(A Pepe Bastarrica)

Esa estrella que ronda
en altas crestas
de lava adormecida
me despierta las noches
en silencio,
posando su quietud,
lejana, semi-eterna,
en la línea cansada
de mis ojos.
Desempolva fantasmas,
roba el tiempo
falaz que me encadena
y le presta al espíritu
mil alas de luz
que se derraman
abiertas sobre el sueño.
 
Miguel Ángel G. Yanes
 *******************

161
PESCADORES DE ESTRELLAS
(A José Ramón Ballesteros "Pepín")
 

Pescar sueños y estrellas en la orilla
nocturna entretejía
los perfiles del alba y nos dejaba
atónitos, con las manos vacías
y los ojos cuajados de luminosidad.

Sobre las frías rocas,  y entre el humo

Casi helado también de los cigarros,
Aparejos de pesca abandonados,
Telescópicas cañas que apuntaban
A un profundo océano de estrellas.

Y en la sal de los labios, mil preguntas,
Absurdas algunas y no tanto,
Tiritaban de frío en un intento
Por atrapar estrellas que encajaran
En el divino molde de las almas. 
 
Miguel Ángel G. Yanes
 *******************

162
LAS PALMERAS EN FLOR
(A Pilar Durán)
Asemejan,
las palmeras en flor,
un castillo diurno
de fuegos de artificio.

Desde su copa escapan
suspiros contenidos
y, dorados, estallan
adornando la tarde
que vacila
en el vértice rosa.

Apenas hacen ruido
sus mágicos destellos.
Y aves atrevidas,
como loros y mirlos,
atraviesan incluso
las luminosas formas.

Sólo que, mientras vuelan,
también chisporrotean
las puntas de sus alas.
Miguel Ángel G. Yanes
  
*******************

163
SOLITARIA PALOMA DE LA TARDE
(A Pilar Lojendio Crosa)

Rasgan sus alas la llovizna suave
en un vuelo fugaz hacia Occidente.

A contraluz,
el albo de su cuerpo,
convertido en estrella,
se difumina lento
bajo un toldo grisáceo.

La calle está desierta.
Las aceras olvidan.
Crujen bajo el asfalto
las últimas raíces.

Mil gotas de cristal,
sobre la verde trama
de escasos flamboyanes,
rutilan incesantes.

Un arrullo lejano
incide quedamente en las estatuas.
Grave canto, angustia temblorosa
que traspasa los tímpanos y deja,
profundo en mis entrañas,
el lamento distante.

Su mirada y la mía
veloces se entrecruzan
a través de las gotas,
suspendidas acaso
en la neblina azul.

Una pluma zigzagueante baja
al minúsculo río de la calle.

Resbala entre mis dedos
la húmeda fragancia
de una azucena herida.

La tarde está más triste
aún, cuando el silencio
se posa en sus esquinas.

Alguien perdió una lágrima en mi rostro.
 Miguel Ángel G. Yanes
   
*******************
164

POR LA ESPUMA CELESTE
(A Pino Blanco Jardín)


Se me presta tu nombre a que lo diga:
Pino Blanco
refulge en el Jardín
de Hespérides y eleva
hacia el sereno azul
sus amorosos versos.
Emocionada tiembla
la aurora en la querencia
sedienta de tu voz.
Y en el pálpito suave
de la ausencia persigues
las huellas de sus pies.
Por la espuma celeste
van descalzos
tus poemas de luz.

Miguel Ángel G. Yanes
 *******************

165
SU CORAZÓN MINÚSCULO
(A quien habita un sueño)
Hoy he visto latir,
con suave intermitencia,
la estrella de su pecho.
Apenas
un ligero temblor
en las secretas
galaxias
de la madre;
un punto destellante
en el inmenso mar
de nuestros sueños,
convirtiendo
el silencio de la espera
en letanía
de rítmicos impulsos.

Hoy he visto brillar,
en un alarde técnico,
su corazón minúsculo.

Miguel Ángel G. Yanes
 *******************
166.
CANTOR QUE AMA GUITARRAS
(A Rafael Amor)


Cruje tu canto
tallado en las entrañas
y brota tu voz
dispuesta siempre
al grito libertario.
Corren tus dedos
-funámbulos extraños-
sobre el acero
de cuerdas consentidas,
detrás de las furtivas
mariposas que escapan
desde la embelesada
madera de su alma.
Entre tus brazos, cantor,
caricia tras caricia,
vibra su textura sutil,
mansamente, feliz,
-guitarra enamorada-
y al calor de tu pecho
deja escapar mimosa
ese plañir
de amada satisfecha,
y en tierno abrazo
formáis un solo cuerpo
para engendrar un hijo
de amor, garganta y cuerda.

Miguel Ángel G. Yanes


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167
ROTO Y VENCIDO EL DÍA
(A Rafael Arozarena)

La sangre sin fin de las amapolas,
el amargo sudor de las ortigas,
la dolorida tierra, su cansancio,
el fragor de los lirios combatiendo
con espadas de luz en la maleza,
el tembloroso labio del helecho
ante el cariz final de la batalla,
y en su pasión, las zarzas
coronando la tarde con espinas
ante la rendición total
de un ejército azul de girasoles.

Miguel Ángel G. Yanes


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168.
LA DIMINUTA FLOR
(A Ramón González Brito)
 

A pesar de que la edad
jugaba en nuestra contra
y de que yo vivía,
en aquellos años
lejanos de la infancia,
postrado en una cama,
fuiste tú el primer niño
que se acercó curioso
a aquella soledad
de mi ventana y puso
de repente en mis manos,
como preludio
de una nueva amistad,
esa flor diminuta
que mis ojos aún ven
y mi memoria siente.

Miguel Ángel G. Yanes


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169.
HOMBRE CIVILIZADO=CODICIA SALVAJE
(A Raoni, caudillo amazónico)
 


De infernales monstruos
de metal la selva
se puebla y rugidos
terribles desgarran
su sueño ancestral.
Herida de muerte
por metálicas fauces
se desvanece, cede
ante el furiosos empuje
de los hombres-tristeza.



Crujen, desnudos, rotos,
los guardianes del mundo;
sus largos cuerpos caen
desde alturas sagradas
al profano temblor
del mar de la hojarasca.
Un rayo de sol clava
su luz en las heridas
abiertas de la tierra.



Huye la vida. Gritan
múltiples criaturas
en un desesperado
intento por romper
un destino implacable.
Las máquinas ahogan
los quejidos agónicos
con sus chirriantes voces.



Sólo alguien calla; observa
desde el borde del mundo
la codicia salvaje
devorando el futuro,
mientras cruza un relámpago
la oscuridad del rostro
para hacerle gritar:



¡No le arranquéis la piel!
Si la arrancáis, ¿cómo respirará? 

Miguel Ángel G. Yanes


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170.
AL DORSO
(A Roberto Toledo Palliser)

Cuando quieras hallarme
búscame al dorso
que siempre estaré allí;
fuera del libro acaso
pero formando parte.

Cuando estés triste y solo,
harto de la rutina,
de las luces y el ruido,
de la prisa y la fría
soledad de los bares,
busca al dorso mi casa
pintada en la colina. 

Cuando quieras abrir

tu caja de "locuras"
sin que nadie se espante
y mezclar tus fantasmas
en sueños similares,
busca el camino al dorso
que lleva hasta mi estancia.
Cuando sientas deseos
de un abrazo de amigo
que consuele tus penas,
al dorso de la tarde
no toques a mi puerta;
empújala...
está abierta.
 Miguel Ángel G. Yanes


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171.
NUNCA TE IRÁS AUNQUE TU CUERPO PARTA
(A Rosa Hdez. Noguera)



Yo no me voy…me quedo
en tu mirada extensa
como un cielo
nocturno en la bonanza,
en la suave sonrisa
casi triste
de tus labios concisos,
en tus manos abiertas
-tiernas palomas
de tiempo y de silencio-
en tu frente, en tu pelo
y en las costas inquietas
de tu cuerpo,
herido por la espuma
en el beso marino
del recuerdo.
 Miguel Ángel G. Yanes


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172.
EL SUEÑO Y LA PALABRA
(A Rosi Bethencourt)



Así,
como si hubiera
pedazos de cristal
que el sol calienta
entre mis labios, dejo
en tus manos un sueño:
mil destellos fugaces
que alimenten, de imágenes,
un fuego inagotable;
y es que quiero,
convertida en palabra
la emoción de su esencia,
regalarlo a los hombres
con el fin de que puedan
con mis propias ausencias
atreverse a soñar.

Miguel Ángel G. Yanes


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173.
EN EL TEMBLOR DEL AIRE
(A Rosi Hdez. Bethencourt)




Llegaste aquí traída por el viento del cosmos
para habitar un cuerpo que los amantes dieron.
Te llenaste de azul y de piel nacarada
para sentir el tacto doliente de la vida.
Y lloraste, y sonreíste, y amaste,
y, al pronto, tornaste a lo intangible
acudiendo a la voz que te llamaba
desde el sueño profundo de los cuerpos.

Pero aún cuando ahora mis ojos no distinguen
las conocidas formas de tu anterior silueta,
sé que habitas en el temblor del aire,
en el rayo de luz, en las estrellas,
en las gotas de lluvia que resbalan
por la piel de los árboles.
Y en el silencio azul te reconozco
cuando el cielo y la mar se desvanecen.

Miguel Ángel G. Yanes


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174.
SU DOLOR, SU MUERTE
(A Salvador Allende)


Se retorcía de dolor,
herido de muerte,
expulsando
por cada poro
de su cuerpo
hasta la última gota
de furia,
de valor,
de rebeldía.

Sus ojos,
envueltos ya
en la vidriosa niebla,
se aferraban
a un hálito de vida
difuminado,
intentando estirarlo
desesperadamente.

Su dolor…
el llanto de su pueblo
casi huérfano.

Mientras,
una voz
gritaba su victoria,
dejando en el barro
confuso de sangre
su maldita cosecha
de carne ennegrecida.

Sucia mañana
de traidores infames.

Y allí quedó,
bajo botas de horror,
junto al patriota muerto,
la libertad cadáver
de un pueblo sojuzgado.

Miguel Ángel G. Yanes
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175.
AL PIE DEL TAJO
(A Sara Pérez Díaz)


Al pie del tajo altivo de Guajara,
cuando Mayo se escapa, convertido
en un mar blanquecino de retamas,
y sus olas -dulce aroma y espuma-
se elevan sobre el viento sutil de los ensueños,
nueve esperanzas quedan flotando en la mañana.
Tajinastes guardianes de azul celeste y grana
custodian las orillas lávicas y escarpadas
de ese mar de silencios insondables,
y nuestros pies, descalzos, levantan
una nube de tiempo adormecido.
Lírica concreción de espacios tiernos
sobre un rayo de luz comprometidos.
Es la antigua mirada que despunta
el nuevo amanecer de nuestro encuentro,
y el germen solsticial de nuestras almas
ser fecundado espera por el Fuego.

Miguel Ángel G. Yanes
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176.
POR LAS CUMBRES DE ANAGA
(A Sonia Celaya)


 

Desde la orilla azul de San Andrés,
Que dejó de ser pueblo alguna tarde
De salobre tristeza, para asumir
Su nuevo rol de barrio marinero,

Serpenteando subimos la ladera
Del reseco barranco del Cercado,
En pos de las agudas cresterías
Con que se adorna la femenina Anaga.

Hacia sus verdes pechos, enredados
En aroma de brezos, avanzamos
Con lentitud al ritmo de la música,
Sincopando el de los corazones.

Cuando alcanzamos el labio de la bruma,
Y su húmedo beso nos borró, de golpe,
La cinta gris que la montaña ciñe,
En su encantado universo nos perdimos.

Con un escalofrío bajando por la espalda
Nos envolvió su tacto de cristal,
Y la punzada de una aguja invisible
Atravesó la piel de nuestras almas.

Pero a punto de soplarnos, la diosa,
Al oído, el líquido secreto
De aquel bosque pretérito y perdido;
Verdiblanco, el único habitante

(Aparte de nosotros dos y de Patricia)
Cruzó veloz, apenas perceptible,
Pero crujió a su paso la hojarasca
Y se rompió la magia con su ruido.

Miguel Ángel G. Yanes


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177.
EL UNICORNIO AZUL QUE SE HA PERDIDO AYER
(A Silvio Rodríguez)



Alguien conoce, Silvio,
amigo mío,
el nuevo paradero
del unicornio azul.


Alguien sabe de cierto
dónde habita,
dónde mora el corcel
antiguo que reclamas
a esta multitud
que tan sólo conoce
los cascos de la prisa.


Alguien lo vio llegar
desde hace tanto,
desde hace tanto ayer
que no recuerda;
antes que tu garganta
diera la voz de alarma,
antes de echarle en falta,
antes incluso, creo,
de que un día soñaras
cabalgarlo
y agarrado a la crin
sentir el mito:
un centauro de amor
sobre la tierra.


Alguien lo ha contemplado
de cerca: azul marino,
brillante entre las aguas,
taladrando el silencio
en busca de la imagen
remota que se esconde
tras el cristal del sueño.


¡Sí!, habita un sueño,
un sueño de mujer
al que me asomo:
pálidos nenúfares,
orillas somnolientas,
sauces que nunca lloran
pero tiemblan acaso
ante su imagen,
y un azul concentrando
sus tonos en la punta
del cuerno solitario
que señala hacia el sol,
marcándole quizá
la mancha en su mejilla.


Habita un sueño, sí,
un sueño entretejido
más allá
de la lúdica elipse
que ha cerrado,
con temblorosa urgencia,
el astro del destino.


No ha podido encerrar
al unicornio azul,
y un relincho salvaje
grita su libertad
por todo el universo.


Ha derrotado al tiempo
y nos espera
retozando en la espuma
de nuestra fantasía:
en las riberas frágiles
de un sueño hecho con trozos
de millones de seres
y de espejos.

Miguel Ángel G. Yanes


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178.
DESHABITADOS BALCONES DE MADERA
(A Tasito)

 

Tiene una esquina rota
la tarde.
Se avecina un ciclón
y no me extraña
que arranque los balcones
de cuajo y los convierta,
con su aquiescencia,
en navíos celestes.
A fin de cuentas,
si no se asoma nadie,
¿para que diablos sirven?
Una estética inútil
como tantas.
Y que conste que admiro
su belleza:
la magia de sus quiebros,
la luz y la madera
trenzadas al unísono
por invisibles manos.
Pero no hay hombres, damas
o chiquillos que habiten
estos caprichos
de intensa geometría.

Bellos y muertos cuelgan
su radiante hermosura
en las paredes.
Eso sí,
deben de flotar bien
en la furia del viento.
Pero temo
que sin alma, sin alas,
sin una mínima
tripulación que marque
con mano firme el rumbo,
naufraguen sin remedio
contra las costas frágiles
de alguna estrella y queden,
varados para siempre,
formando un cementerio
de olvidados balcones
que surcaron
los mares del espacio
por despecho
al olvido fatal
de los humanos.
Miguel Ángel G. Yanes
******************
179.
DIÁFANA TRANSPARENCIA DE UNA PUESTA DE SOL
(A Teresa Pérez Hdez.)


Un pez besa la piedra y raudo se revuelve
tras un grano de arroz que de tu pelo escapa
hundiéndose en la tarde serena que las olas
han rizado de intensos azules y violetas.

El mar se está durmiendo como un niño rebelde
qué agotado reposa tras la lucha del llanto.

Apoya su cansancio en las rocas oscuras,
espuma de otro mar que llegó incandescente
quedando tras el beso convertido en orilla.

La costa es un espejo de crestas puntiagudas.

El sol se difumina sobre las esmeraldas
talladas en tu rostro desde la antigua aurora,
y un destello naranja se vuelve la caricia
que hasta el diálogo tierno de las gaviotas vuela
rozando la inocencia verbal de los sonidos.

Miguel Ángel G. Yanes


*******************

180.
LA ROSA DE TUS MANOS
(A Teresa Lemus)



Cercenada en el tallo
y a tus manos devuelta
-amorosa caricia
donde la vida espera-
un brillo opalescente,
furtivo de los ojos,
los pétalos ensalza.

Tembloroso silencio,
su cuerpo apoya espinas
en la piel nacarada
y resbala al vacío:
fanal de la palabra.
De tu mano a la mía,
trémula cae la gota
de sangre malherida.
Miguel Ángel G. Yanes


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181.
NI PRONUNCIAR TU NOMBRE ES NECESARIO
(A ti, sencillamente)


No pronuncio tu nombre;
es un sonido
que difiere en el tiempo por espacios
distintos que se habitan,
inconstante,
válido solamente
para el juego trivial de los humanos.
Huelga escribir alguno
de los miles que tengo para darte,
porque tú ya te sabes reseñada
en los versos que escribo
y que no escribo,
porque me reconoces
cada nuevo presente que se abre,
porque, tal vez, tu y yo
seamos la misma cosa:
dos formas diferentes
del ser que nos habita.
Miguel Ángel G. Yanes


*******************
182.
SOBRE EL PINO Y LA CASA
(A Tono)


Al borde del barranco
oscila un pino herido
por metálicas garras.
Sus raíces se aferran
al aire de la tarde.

Las hebras de su copa
alfombran la ladera,
 a intervalos reñida
de musgos y de piedras,
de llantos y suspìros.

Un arrullo levísimo
balancea las ramas
más altas y origina
una nube fugaz
de pájaros audaces.

En el húmedo seno
de la grieta expectante
dormitan los ancianos
eucaliptos, y en sueños
extensos y febriles,
atesoran el agua
de la piel detenida
en sinuosos pliegues.

Una tenue espiral
de leños, convertidos
en volutas de humo,
asciende y besa, elnta,
la transparencia azul.

Níveas cortinas penden
como párpados hechos
de seda y de cristal.

La casa está pintada
de luz, y en sus alturas
resbala un mar rojizo
de cascada ondulante.
Corona su horizonte
un barco inmemorial.

No distingo gaviotas,
acaso porque un gato
indómito pasea
mojado por la cresta
sensible de una ola.
 Miguel Ángel G. Yanes
******************
183.
ME REMITO A LAS FORMAS MARINAS DE TU CUERPO
 (A Toñi Muñoz Mora)



A tu claro perfil ribeteado
de silencios extremos me remito,
a las olas doradas que en tu frente
reposan sin espuma, perfumadas
por el céfiro blando, y a tus manos,
incólumes gaviotas sobre el mar
deslizando la vida en espirales
desde el blanco conjuro de los cielos
hasta el sueño inmortal del horizonte.

 Miguel Ángel G. Yanes


*******************
184.

DESDE LA MONJA
(A un desconocido)


En la intemporalidad
rotunda de sus brazos
-piedra ehiesta que el viento
vanamente perfila-
un soñador atisba
cómo la mar rompiente,
en torbellinos blancos,
envuelve el corazón
que pugan por romper,
también, la costa
de ese gran territorio
desértico del pecho.
Entre azules, el sol,
en perfecto equilibrio,
con una voz de sal,
temblando le previene:
La paz no es un romper
los bordes con los bordes,
ni un desgaste forzado
por circunstancia alguna".
Permite que las olas
intenten un resposo
sin furiosas espumas.
Dale su tiempo al mar,
dale su tiempo al viento
Que la cólera cese!
y cuando se transforme
en un sereno lago
de quietud y silencio,
acércate despacio,
moja tus pies y siente
un río inverso, pleno
de paz, de luz, de fuerza
trepando hacia las secas
llanuras de la muerte.
Miguel Ángel G. Yanes
*******************

185.
DESDE MI ESPERANZA
(A un hermano celeste)



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186.
FRÁGIL BESO DE FLORES
(A una niña llamada Silvia)



*******************
187.
OTRO CANGREJO ERRÁTIL QUE NO CEJA
(A Vicente Araque)




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188.
YOLANDA
(A ellas, "eternamente...")



*******************

189.
EN LA LUMINISCENCIA QUE MI RECUERDO AGITA
(A Yumar)


 


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190.
LIBRE DE LA APARIENCIA
(Al abuelo Lorenzo Matos)




*******************
191
PRETÉRITO GUARDIÁN
(Al eucalipto de La Granja)



*******************
 
192
EL SILENCIOSO SER DE LA COLINA
(Al eucalipto de Machado)



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193
DESNUDO Y SOLO TIEMBLAS
(Al flamboyant de la trasera)




*******************
194


LEVE, LEVE ES EL ROCE
(Al Taller Canario de Canción)




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Debido a un problema técnico, y a un posterior intento, infructuoso por mi parte, de solucionarlo, esta página estática (que contenía un buen montón de poemas propios) se fue a hacer puñetas. Así que, una vez recuperado su índice, ahora me toca, poco a poco, ir localizando los ficheros de texto y las correspondientes imágenes para volver a reestructurarla. 
En ello estoy.
Ruego paciencia, porque ésta es labor para muchísimo tiempo, casi tanto como el que empleé en crearla.

Observen que la página está dividida en dos, ya que, el problema de marras impide unificarlas.

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